miércoles 2 de diciembre de 2009

Corazòn de madre


Alsira era una dragona, que vivía muy solitaria, volando por todo el mundo. Hasta que conoció a otro dragón que era muy hermoso, venido desde Rumania, de quien se enamoró tan pronto como conoció. Ella se casó con él. Y, pronto pensaron en tener un hijo.
Entonces, una vez, recién casados buscaron dónde vivir. Pero no tardaron en encontrar una gran cueva: profunda y húmeda, con paredes goteantes cerca a una catarata muy alta, rodeada por unos cuantos milenarios árboles. La dragona Alsira fue allí a vivir con su flamante esposo. Con el tiempo formaron una bonita familia; y, es allí donde por primera vez, la señora dragona Alsira alumbró un huevo de color azul como el acero; su esposo en seguida construyó un gran horno utilizando enormes piedras lúcidas traídas desde el río, y dentro, colocó el huevo con mucho cuidado, no porque se rompiera fácilmente, sino para que naciera fuerte como él. Allí el señor dragón Gorker durante los siguientes 6 meses fundía (el huevo) manteniendo la temperatura al rojo vivo, como lo hacen con un trozo de metal los herreros. Soplaba y soplaba fuego todos los días a la misma hora. Y después, como resultado nació un pequeño dragón muy feo; pero por cierto, como un hermoso y robusto bebé dragón.
En una mañana, muy radiante, al cabo del primer mes del nacimiento de su hijo el papá dragón salió en busca de alimento más nutritivo, como es, la carne de oveja; pero (como nadie esperaba...) nunca más volvió a la cueva. Desapareció para siempre, dejando su familia. Desde entonces no hubo ninguna noticia de él. “En alguna parte del territorio debe de estar, explorando o cazando...” pensaba la señora dragona, esperanzada en volver a verlo aparecer, tan pronto sea posible a su amado esposo. Pero mucho tiempo después sólo recibió malas noticias, de que su esposo fue muerto en Rumania por robar una oveja por unos aventureros caballeros armados con lanzas y flechas.
Desde entonces la señora dragona quedó muy triste, viuda y asolada: cuidando al pequeño dragón que tenía. Solamente tenía ojo para el pequeño dragón. Alimentando con lo que podía ( pescados o frutas), también su mayor preocupación de la señora dragona, era algo más: entrenarle al pequeño dragón para la vida; y le inculcaba constantemente las buenas reglas para vivir una vida mejor en armonía con los demás. Entonces para ella —ya resignada madre—, no había otra cosa mejor en este mundo, que ver crecer, a su pequeño dragón.
Mientras tanto, el pequeño dragón se fue haciendo grande, cada vez más. Hasta que una vez, alcanzó sus alas el tamaño adecuado para el vuelo.
Alsira, la señora dragona, para ella no había un solo día que pasara tan esperanzada, pensando en su único hijo. A pesar de todo, veía su existencia de una manera muy diferente. Pensando que un día ayudaría con la comida. Se imaginaba a su único hijo volver a la cueva trayendo abundante pescado o frutas del bosque para llenar la dispensa. Así se la pasaba mucho tiempo.
Pero, al llegar al noveno año, las cosas habían cambiado: el pequeño dragón había crecido, y la señora dragona estaba agotada y empezó a pensar en una sola idea que estuvo acariciando desde hacía algunos años atrás. Y un día sábado, muy temprano antes que el sol asomara por detrás de unas montañas imponentes del territorio, le despertó al joven dragón.
—Qué tan difícil es esta vida—dijo ella suspirando, sentada ante la cueva.
El joven dragón miró durante un instante a su madre.
—¿Porqué suspiras, mamá?—peguntó casi de inmediato, sorprendido.
Entonces la señora dragona Alsira guardó un breve silencio, posando la vista sobre su regazo, y luego de un momento al volver alzar los ojos chispeantes, dijo:
—Hijo mío, hoy me siento un poco triste, cansada y vieja.
—¡Caramba!, mamá, nunca digas eso, te harás más vieja y si así lo piensas.
El joven dragón hubiera deseado no haberla respondido precisamente con estas mismas palabras, y con brusquedad. Pues, no sabía si estaba bromeando o lo estaba diciendo en serio, hasta que al observar sus ojos notó en ella algo, en su rostro se había dibujado una tristeza.
—Algo se acerca a mi...
—¿Qué es mamá? —preguntó el hijo dragón sin entender nada.
—No lo sé.
Y al final de un largo silencio la señora dragón agregó con el mismo tono de su voz, diciendo:
—También te enseñaré a volar—el pequeño dragón dejó de escapar un sonido raro, sobresaltándose de sorpresa, como si su madre le abría volcado bruscamente sobre su cabeza un cubo de agua helada. ¿Volar? No estaba dentro de sus preferencias. La expresión de su rostro normal se había transformado casi en un pánico opacando su mirada radiante.
—¡Mamá eso es impos...!
Un silencioso quietud se produjo nuevamente entre la señora dragona y el joven dragón, que parecía el comienzo de una eternidad. Durante este intervalo de tiempo, la señora Alsira leyó la mente de su hijo; al comprender, al mismo tiempo casi negando con la cabeza.
—Ya lo sé, todo es posible en esta vida...
Mientras hablaban así, el sol estaba a punto de salir. Se proyectaban sus primeros rayos sobre el despejado cielo azul; las montañas empezaban a pintarse de color dorado. Y allí, en la puerta de la cueva madre e hijo estaban sentados, juntos, esperando ser bañados también de color oro por el sol de la mañana; y, tenían las miradas fijas por encima del inmenso bosque oscuro.
Donatillo, que era el nombre del joven dragón, ahora no sabía qué decir, estaba mudo. Casi mudo de verdad sin saber qué hacer. Hasta que pudo decir después de un rato precipitadamente, lo que estuvo pensando:
—Mamá, todavía soy bebé—se defendió.
—Ya tienes 10 años.
Casi de inmediato respondió
—Sí, pero no podré volar.
—Sí, lo sé. Y comprendo hijo; pero uno nunca sabe qué va a pasar mañana, deseo que aprendas a volar—tenía ella en ese momento una mirada decisiva, pero también denotaba una tristeza nostálgica en su voz.
Sin embargo todavía no cabía esta idea en la cabeza del joven dragón.
—Todavía no puedo volar—volvió a decir, moviéndose de un lado a otro con cierto aire de preocupación y de enojo, como si estuviera impaciente.
La señora dragona, una vez más, acercándose a su pequeño le miró a los ojos con ternura, le estiró una ala para abrazarlo. Y no comprendía porqué. Esta mañana había amanecido diferente, al que lo era siempre. Por primera vez sintió que, desde el fondo de su corazón empezaba a manar un presentimiento extraño, y a la vez de pronto, asomaron gruesas lágrimas a sus ojos. No sabía qué la estaba pasando. Había empezado así a llorar súbitamente en silencio ( ¿o, quizás por emoción?), al recordar a aquel pequeño dragón en un tiempo atrás, apenas parecía como un paraguas arrugado; y ahora estaba tan apuesto y crecido, aunque no diera cuenta de ello. Y a esto se le sumaron también la muerte del señor Gorker. Nunca antes había pasado por un momento como este, tanto así apenada, cuando una mañana tan radiante florecía en el patio de la cueva; pero en esta vez, le había embargado ese sentimiento de madre. Además ella, no podía creerlo: su sueño de mucho tiempo se estaba cumpliendo, ver a su único hijo, ponerse fuerte y parecerse a su padre. Ahora dos grandes gotas de lágrimas rodaron dolorosamente por sus mejillas escamosas mientras empezaba a sollozar ahogadamente, encogida, oprimiéndose con una mano el débil pecho. Y, ciertamente deseaba que su pequeño dragón pensara ya, pronto, en aprender a volar para conocer el mundo. Así como muchos otros nuevos territorios vecinos. Era su mayor anhelo inalcanzable, hasta entonces.
Entonces, hasta ese día, el joven dragón pasaba en el interior de la cueva, en el nido, durmiendo, comiendo y jugando con una bola de piedra; cuando se aburría salía a la puerta de la cueva, y contemplaba caer las estridentes aguas de la catarata (¡ni chapotearse en sus aguas quisiera!). Se ponía feliz, viendo volar las águilas, o silbaba burlonamente al ver pasar otros dragones viajeros, por allí cerca. Todavía sin imaginarse un día: ¡fuera del nido! Mientras tanto, esto empezaba a causar una preocupación en su madre. Pensaba que su único hijo se estaba quedando gordo, con las alas llenas de grasa como un pollo y sin aprender a volar a diferencia de otros jóvenes dragones de su misma edad.
Había pasado más de un cuarto de hora, la señora Alsira acababa de secarse las lágrimas de sus mejillas con un paño de piel de cordero. Había recuperado su semblante anterior risueña, serena y dulce. En un momento seguramente debió pensar, que no eran tiempos de llorar. Cuando su hijo Donatillo estaba ahí, junto a ella como un mejor regalo de la vida.
—Pero hijo, veo que ya estas grande, es tiempo de que estires las alas y seas como tu padre que un día hayas viajado por todo el mundo. Tu padre fue un gran viajero; pero también tenía una debilidad por la carne de oveja; amaba el país donde nació, toda la vida vivía pensando en Rumania, hasta que encontró la muerte. A veces pienso que no se debe uno correr demasiado mucho riesgo, pero él entregó su vida a la muerte.
—Ya lo sé mamá, me has contado esa historia desde que tengo 2 años y hace un año, tantas veces—dijo chillando el joven dragón como solía.
La señora dragona pareció darse cuenta de que era así.
—¿Lo recuerdas verdad?
—Como si fuera ayer—contestó Donatillo con toda seguridad.
El joven dragón pensaba en silencio: que si un día volara sería demasiado esforzado y peligroso. Pensaba que batir las alas para estar surcando infinidad de cielos por horas y horas, era cosa de estúpidos. Según que se iba dándose cuenta de todas las cosas, este mundo era de los peores; o también puede resultar de los mejores. Quería tener su propio concepto a cerca de estas mismas cosas.
Mientras tanto, por su lado, en un instante la señora dragón Alsira parecía aún mantener en el recuerdo muchos acontecimientos pasados a lo largo de su existencia. Y la voz de la catarata se oía como una melodía lejana de una canción tocado por las manos mágicas del viento. Luego, el joven dragón que ostentaba hasta ese momento un aire de alguien despreocupado, todavía no había perdido la costumbre de hacer preguntas si algo le urgía, y esta vez, quería saber lo que dudaba.
—Mamá, este lugar es nuestro ¿verdad?—dijo, el Donatillo girando la cabeza hacia el mar de árboles—. Yo quisiera quedarme a vivir aquí... toda la vida.
—Sí; lo sé. Yo nací, crecí aquí; tú también y eso nunca lo olvides, hijo—respondió la señora Alsira pausadamente también apreciando todo lo que alcanzaba ver con sus propios ojos: el bosque tranquilo, el río cantor…que estaban delante de sus narices—. Pero una cosa, hay muchas otras tierras más, allá. Pronto conocerás, te darás cuenta por primera vez, de más cosas. Porque el mundo es mucho más grande que de lo que ves o imaginas. Así aprenderás mejor por ti mismo, quiero que aprendas a pescar y recolectar frutas para nuestra dispensa.
—Pero, pero...mamá...
—Esta bien, ese “pero” es... momento de trabajar.
El joven dragón no se explicaba porqué su madre quería que aprendiera a volar tan pronto con insistencia. Más cómodo se sentía en la cueva jugando, durmiendo y comiendo todo lo que podía a manos llenas. Las cosas no podían estar mejor que vivir de esta manera, sin que hubieran problemas. Sin duda así debía ser.
Después de esto, estuvieron en silencio en un nuevo otro largo momento más, sin dirigirse siquiera la mirada, con los ojos fijos en el vacío, observaron lo que volaban algunos pájaros jugueteando, de modo que el sol también iniciaba su larga marcha; y finalmente, de pronto dijo el joven dragón aceptando las palabras de su madre, como si habría demorado tanto tiempo en decidirlo:
—Esta bien mamá, pronto me enseñarás también a volar
La dragona lo miró a su vástago, en silencio con ternura, aprobándole. Una vez más estaba orgullosa de su joven hijo dragón. El rostro del Donatillo se iluminó, alegremente.
—Será entonces mi primer vuelo ¿verdad?
—Sí, Donatillo será tu primer vuelo.
La mamá dragona había mirado esta vez, mostrando su radiante sonrisa, de alegría. Y luego, volviendo los ojos hacia el mar de árboles le aconsejó sabiamente, diciendo:
—Recuerda, que nadie en este mundo nació sabiendo, todo se aprende en el camino, yo misma sufrí mucho para poder aprender a volar y lo logré. El instinto no es todo. Ahora te toca hacer. El mundo no termina donde ves aquellas montañas nevadas, sino detrás hay muchas cosas, ciudades, otros nuevos bosques, otras cataratas y ríos… incluso aún mejores, quisiera que tú mismo lo descubras, ya de una vez, pronto...
Por primera vez, el joven dragón acababa de reflexionar, y luego de un largo momento de silencio agradeció:
—Gracias, mamá, por haberme dado esta vida, y criado....
—De hoy para adelante será otro día para ti—dijo la señora dragón Alsira uniendo su cabeza a la del joven Donatillo, y terminando la conversación.
El sol empezaba a calentar dando su marcha decidida a la media mañana.
—Mamá espero tener un bonito sueño, esta noche— dijo entonces alegremente silbando como nunca una vieja melodía épica de grandes conquistas, ya con la idea de que, sí volará pronto.
—Donatillo, no te olvides de desayunar—le recordó por ultima vez su madre antes de irse al bosque a recolectar comida para la dispensa, y todavía le recordó—, ¡límpiate la nariz, hijo!
La señora Dragona Alsira se lanzó a volar; se alejó planeando ampliamente sobre el bosque hasta que cinco minutos después se perdió de vista, confundida en el brumoso horizonte, y Donatillo se quedó en casa, una vez más solo, bailoteando para aquí allá alegremente.
Después de esto, el dragón Donatillo pasó casi toda la mañana, en la puerta de la cueva, sentado escupiendo pepitas de uvas, contemplando como nunca había hecho los picos nevados de las altas montañas y el bosque que les separaba del resto del mundo; pensando que algún día como en esa mañana dejaría atrás esas montañas. Y el resto del día pasó inquieto entrando y saliendo de la cueva como un león enjaulado; agitando y estirando por primera vez afanosamente las alas para que también se echarse a volar.

La primera aventura

Cierto día, finalmente la señora Alsira decidió enseñarle a volar a Donatillo, por primera vez, cuando éste cumplió sus diez años de vida.
Era un día de martes. En esta mañana, la señora dragona lo primero que hizo es ir a la cocina. Allí se sentó como de costumbre para preparar el desayuno. Estuvo sola así por más de dos horas sufriendo en quitar las escamas del pescado, o deshojando Kayara para la ensalada. Y, en seguida, cuando una vez salió el sol llamó en voz alta a Donatillo. Éste al oír la voz de su madre salió desde el fondo de la cueva, desperezándose y bostezando, camino a la cocina. Lo vio la señora Dragona.
—Buenos días—dijo ella.
—Buen día, mamá—respondió él, instalándose detrás de una tosca y larga piedra plana que los servía de mesa, todavía restregándose los ojos ante los rayos hirientes del sol de la mañana.
La señora dragona, esta vez, había preparado un suculento desayuno muy nutritivo. Sobre la mesa de piedra habían dos docenas de pescados frescos debidamente destripados, más algunos frutos silvestres descascarados y acompañados por la ensalada de Kayara.
Entonces, desayunaron bajo esa luz alegre de los rayos solares que se colaban en la cueva, riendo y hablando a boca llena, casi deprisa.
Cuando una vez hubieron terminado de devorar el desayuno bebieron abundante agua, y salieron a la puerta de la cueva como para tomar el sol a gusto; pero esta vez era para preparase por primera vez, el vuelo.
Ambos caminaron juntos bordeando hasta un filón de roca que daba al abismo, más cerca a la catarata. Podían notar en sus cuerpos las salpicaduras de las aguas heladas. Donatillo recibió brevemente unas instrucciones, pero por cierto, muy valiosas. Terminado esto, la señora dragona le selló un suave beso maternal en una de sus mejillas del joven dragón.
La dragona, entonces gritó: “¡uno, dos, y ... ahora!”. Donatillo desplegó las alas y cerrando los ojos saltó al vacío, junto a su madre sin importar el profundo abismo que se encontraba debajo de ellos, lleno de peligros. Ambos habían saltado desde lo alto de la cueva al vacío, como las mismas aguas de la catarata que brotaban, rugientes, espumosos desde más arriba, para así emprender el primer largo viaje que duraría muchas horas.
Donatillo después de un momento experimentó una extraordinaria sensación en su cuerpo liviano, se dio cuenta que estaba flotando con las alas extendidas sobre el mar de árboles, como si fuese una pluma. Aunque debía recordar las recomendaciones de su madre, de que no debía cerrar las alas, para nada. Por su puesto que la señora Alsira estaba junto a él.
—¿lo ves? —preguntó la dragona.
—Sí, es fascinante—respondió Donatillo.
De modo que se alejaban felices, pasaron de largo a una vieja águila, ésta estaba planeando suavemente en el aire, probablemente en busca de una paloma y les gritó:
—¡Feliz viaje, comadre! ¡a ti también niño, pronto retorno!
Y la señora Alsira contestó amablemente:
—¡Gracias, gracias! ¡Ya volvemos vecina!—continuaron y luego de esto, comentó la señora Alsira de que: cómo a las águilas les gustaban colgar sus nidos desde las ramas de los árboles que marchaban aferradas a las rocas, y esa costumbre nunca acabará en ellas. “¿Por qué así son ellas?” dijo como si se respondiera ella misma.
Dejaron atrás la cueva, el mar de árboles también, poco a poco iba quedando atrás y salieron del limite del territorio donde vivían hacía el otro lado, atravesando una meseta entre montañas de color pardo.
La señora dragón canturreaba para su pequeño dragón:
“Entonces, una mañana,
muy tempranito, al salir el sol
salieron de la cueva
después de haber desayunado
un poco más allá de la cueva...”.
Así fueron avanzando; mientras florecía una maravillosa mañana, de ese martes.
Y unas horas más tarde la señora dragona gritaba:
—¡Esto es una locura!
Donatillo, al oír decir esto a su madre miró, como si de pronto se habría apoderado de ella, la idea de abandonar el viaje, y preguntó:
—¡¿Seguimos?!
—¡Continuamos!— gritó la señora dragona casi al instante, presa de emoción, como si descubriera algo al lado de Donatillo, una especie de fascinación. Volar junto a su vástago era lo máximo que podía sentir.
Acababan de volar una buena distancia desde la cueva, pasando innumerables lagos, bosques, pueblos ocultos.
Iban en dirección hacia el sur, probablemente dentro de poco descubrirían más nuevas tierras lejanas, donde seguramente Donatillo se iba a asombrar, todavía más. El paso por lugares desconocidos les iba a agradar mucho, ...verían hombres y mujeres en ciudades como habían oído, en donde serían admirados al pasar sobre ellos. Podían estar seguros (ahora sí), de que estaban haciendo un hermoso viaje, por primera vez, que sería inolvidable.
El nuevo territorio que avistaron a lo lejos, estaba sombrío, las grandes montañas estrujadas se elevaban al cielo y parecían temibles, como la inmensa boca dentada de un monstruo, pero continuaron...
—Allá vamos—dijo, la señora Alsira.
Unas horas más había transcurrido, cuando se encontraban sobre ese nuevo territorio más sombrío que jamás habían conocido, como si allí estuviera el sentido de la verdadera aventura del día.
La señora dragona nunca antes había estado por estos lugares.
Aunque no se daban cuenta, mientras atravesaban aquel territorio, el cielo azul ya no estaba igual, las algodonadas nubes blancas intensamente plateadas se estaban opacando poco a poco, parecían traicionarles en cualquier momento. Iban apareciendo de aquí, allá nuevas nubes oscuras que se cuajaban, hasta que el cielo se transformó rápidamente de un color plomo uniforme y amenazador. A lo lejos en el horizonte por donde habían pasado se garabateaba centelleantes rayos luminosos, como si conectara el cielo a la tierra toda su energía. Más luego los relámpagos ya tronaban cerca de ellos. Una gran muralla de lluvia oscura de la tierra al cielo venía detrás de ellos a toda marcha, como si quisiera tragarles vivos. De pronto apenas se daban cuenta de esto les sorprendió mojándoles sin que pudieran hacer, casi ya nada. La lluvia los pasó a gran velocidad.
De vez en cuando encontraban tiempo para sacudirse.
Media hora después, todavía iban a una altura muy baja, debido a que el pequeño dragón tiritaba al sentir mucho frío, si subían un poco más arriba, sobre el pico de las montañas.
Como habían prometido, la noche anterior: batían las alas sin dejar de mirarse, ni perderse de vista, sin separarse, y con el mismo ánimo como cuando salieron, como si fueran dos gigantes murciélagos verdes bajo la lluvia.
Ofuscados, con la vista confundida, continuaban viajando en medio de esa tormenta sin descansar, casi todo el día con los estómagos vacíos en medio de aquella tiniebla.
La señora dragón entre otras cualidades buenas que poseía, siempre en algún momento solía mostrarse como alguien caprichosa irrefrenable, defecto que nadie se lo habían echo notar (hasta entonces), ni siquiera el propio Donatillo. Y, a pesar de esa lluvia oscura, de todos modos seguían adelante mojados chorreando de agua, como si el viaje les iba recompensar finalmente con una posada y una buena cena al cabo del día.
—¡Debemos seguir!—dijo.
—¡Mamá, pero tengo mucho frío!—se quejó ésta vez, Donatillo como si ya habría agotado, en un momento casi toda su energía.
Y el joven dragón mientras seguía a su madre planeando, batiendo las alas con fuerza para mantenerse siempre a flote por encima de más ríos, valles, bosques casi sin distinguir nada, sólo quería obedecer a su madre; pero (por una parte) iba tan contento, de haber aprendido a volar en su primer día de salida, pensando que pronto volaría solo, mucho más lejos para conocer otros nuevos territorios más. Ésta era su mejor oportunidad para aprender. Parecía que había alcanzado su feliz día; mientras tanto, también por su parte, la señora dragona Alsira, estaba convencida de que por fin había alcanzado, uno de sus mejores sueños en este día.
Una extraña neblina plateada de forma humana flotaba hacia ellos, como si esta vez intentara cerrarles el paso. Y se oía una risa cercana a cada rato, perforándoles los oídos de los dragones con esa voz diabólica.
—¿Que es aquello, mamá?—preguntó cuando una vez notaron la presencia de la extraña neblina fantasma que se acercaba hacia ellos.
—Es un Maldito Vapor—repuso la dragona sin dar importancia—. A veces conocen como el Fantasma de la Tormenta.
La ausencia del sol, cada vez más hacía que esas montañas parecieran a una noche violenta, y ellos sin dudar todavía iban adelante, como quien se pone a desafiar el reto, desesperadamente a la última hora. Y el fantasma plateado de Maldito Vapor les continuó persiguiendo en las siguientes horas.
Cuando eran más de media tarde, todavía parecían extraviados huyendo del Maldito Vapor humillados, estaba claro de que la tormenta los había atrapado, aunque eso no podía ser cierto. Porque tenían todavía la esperanza de que la tormenta pudiera calmarse en cualquier momento, aparecer el sol por un hueco del cielo dejándoles la libre visión. Y que la niebla se pudiera despejarse... pero nada, nada de esto habían imaginado.
Pero mientras continuaban así surcando las frías y densa oscuridad tuvieron un accidente fatal: un rayo electrizante les alcanzó, y totalmente cegados chocaron estrepitosamente contra las filudas rocas que eran una de las crestas más peligrosas de las vertebradas montañas nevadas del territorio desconocido.
—¡Nooo...! —había gritado la señora dragona y su voz resonó en las rocas, seguida por las carcajadas del Maldito Vapor.
Entonces, ambos se estrellaron precipitándose a un profundo abismo sobre una hondonada de rocas envueltas en nieve, cubiertas por las neblinas: la madre murió instantáneamente y el pequeño dragón sobrevivió, quedándose huérfano y mal herido, porque se estropeó gravemente las delicadas alas membranosas.
Entonces la tormenta se calmó, y el maldito vapor plateado se difuminó en medio de la oscuridad. Se había consumado la aventura.

Dos pastores

Parecía que nadie podía esperar de esto, aunque podían haberlo sabido al principio, cuando una vez Alsira y Donatillo se internaron un tanto desafiantes en el nuevo territorio más raro que habían visto, y que los había rodeado misteriosamente una fuerte tormenta.
Estuvo durante días sin probar alimento, tiempo que a la vez demoró en despejarse el cielo y aparecer nuevamente el sol radiante, mostrando toda la belleza blanca de las montañas. Hasta que un día dos niños que iban detrás de un pequeño rebaño de cabras y ovejas encontraron, y lo rescataron.
Eran pequeños pastores esporádicos pertenecientes a una aldea. De la aldea subían hacia las montañas, ésta vez. Les encantaba oír sus voces repetirse por el eco de estas montañas. El niño caminaba en silencio con la vista en el suelo, la niña en ese momento iba entonando la melodía de una vieja canción, y, de repente se detuvo en seco, alzó los ojos nerviosamente al ver una extraña cosa rara, a unos veinte metros de distancia. Las letras de la canción resbalaron de sus labios al suelo. Sin embargo dejó escapar un grito hundido. La niña no podía creerlo lo que sus ojos estaban viendo.
Se habían estremecidos ambos, sobresaltados. Pero no servía de nada que lo perdieran la calma, sino con el sigilo más prudente siguieron adelante para que lo vieran de más cerca.
Los dos niños armándose de valor se acercaron despacio para averiguarlo con el corazón golpeándoles las paredes del pecho. Les pareció como un animal... aunque no supieron describirlo en ese instante, pero era algo que se movía allí. ¿Un ciervo grande entrampado, tal vez? No. Eso no era posible. Casi de inmediato descartaron.
Al principio se asustaron de su aspecto raro, pero después comprendieron que no había nada malo en los ojos tristes de color amarillo del dragón. Era tan hermoso ver el color verde, brillante de sus finas escamas bajo el sol, cambiantes. Por los cuernos y los colmillos cortos podían adivinarlo de que no tenía mucha antigüedad. Se plantearon muchas preguntas, y ninguna parecían responderse. Entonces los niños al darse cuenta de que estaba tan hambriento le dieron de comer un poco de ciruelas y lo hicieron beber abundante agua en un cuenco de arcilla. El joven dragón comió con qué ganas, y tan pronto se repuso de fuerza hasta poder intentar caminar nuevamente sobre sus cuatro patas; esto los puso contentos a los dos niños. Quedaron así, fascinados como nadie desde ese primer momento.
Si una persona mayor habría estado presente en aquel instante, y habría sabido de qué se trataba, casi seguro es que habría exclamado asombrada: “bah, qué dragón tan extraño hallaron en las montañas después de una gran tormenta”. Pero nadie más estuvo allí, que los dos niños pastores.
Y, más tarde, era necesario que se plantearan: qué podían hacer con él.
—Ahora tenemos un dragón ¿qué haremos, Wawa?—dijo el niño atándose los pasadores de las zapatillas.
—Cuidaremos de él —contestó la niña sin dudar.
—Umm... pero ¿cómo?—cuestionó.
—¿No tienes otra idea tú, Jerónimo?
Ambos niños pensaron en silencio durante un largo momento. Varias cabras los miraban extrañados resoplando, alarmadas como si también quisieran una explicación. Tenían los ojos fijos sobre el joven dragón casi al igual, Jerónimo y Wawa, ya que estaba lastimado, todavía temblaba de frío. Y, después de esto exclamó Wawa:
—¡Ah, ya sé, tengo una mejor idea!
—¿Cuál? —lo miró interrogante a los ojos de la niña, Jeronimo.
—Lo esconderemos en la Fortaleza Prohibida de las aldeas—dijo aliviadamente, y agregó en seguida más la segunda idea—, también podríamos encontrar alguna cueva que tuviera...
—¡Sí! Perfecto—aprobó emocionado el niño, pasándose las manos sobre su cabello negro, como si habría dejado escapar esa idea de su cabeza.
—Podríamos allí preparar su nido para que duerma el resto de la noche.
Pero de repente la sonrisa del niño se abrumó.
—Pero, Wawa mi papá y mi mamá se darán cuenta, no aprobaran esto y se enojaran conmigo—respondió Jerónimo, temeroso del solo pensarlo en esto, soltando a la vez un suspiro con cierta preocupación.
Todavía la sonrisa de la niña se borró más, como si abría recibido un golpe y poniéndose seria.
—Tal vez—dijo la niña con firmeza con los ojos tristes de compasión puestos sobre el dragón caído—. Pero no lo podemos abandonar aquí, se morirá...
Se sentaron sobre una piedra para quedarse contemplando lo que con dificultad se movía el dragón. Era media mañana.

La fortaleza prohibida

Trasladar a un dragón cojo mientras declinaba la tarde acrecentando las fantasmales sombras de las rocas, no fue trabajo fácil. Acarrearon como sea valiéndose de toda maña del que pudieran disponer.
Sin embargo a pesar del esfuerzo puesto, todo salió bien. Y, auxiliar a una cosa extraña, que desconocían su procedencia podía resultar también peligroso. A pesar de esto, así lo hicieron aquella tarde.
La existencia de la Fortaleza prohibida sabía casi todo el mundo, aunque no todos conocían su verdadera historia, pero estaba allí casi sobresaliente entre las 4 aldeas importantes de la región. Una de esas aldeas era Waiambray y la Fortaleza Prohibida estaba a sólo a unas cuantas leguas de distancia: casi monstruosa cada vez que llovía. Este lugar había sido habitada en otros viejos tiempos hasta que en 1492 fue destruida; y las 4 aldeas aún así se mantuvieron. Ahora allí, nadie vivía a no ser que ocupaban otros huéspedes. En los últimos tiempos estaba prohibido el ingreso bajo el acuerdo de las 4 aldeas, ya que muchas personas curiosas habían desaparecido misteriosamente al solo traspasar la puerta de ingreso. Y, esta vez los niños tuvieron la mejor idea de llevarlo el dragón hasta allí.
Primero, antes que nada, habían esperado un poco más que pasara el medio día, para que nadie los viera; y que después de varias horas de intento el dragón encaminándose les siguió cojeando, obediente, tirado por una soguilla corta por todo el sendero, hasta llegar así donde se encontraba la vieja fortaleza.
Felizmente habían descubierto el camino fácil que los podía llevar desde las montañas hasta la fortaleza sin demasiada demora. Y cuando llegaron delante de la fortaleza, un despejado amplio prado la rodeaba, estaban sólo dos aves negras picoteándose entre ellos altivamente, eran un par de cuervos. Por un momento se quedaron quietos de pie. Llevaron atrás la cabeza, para levantar la vista desde la base hasta los torreones. Avanzando un poco más, vieron un letrero llena de telarañas que se leía: “bien venidos a Titikaka”.
—Titikaka—pronunció apenas entre labios, Wawa.
—Quien sabe está encantada—dijo bajando la voz, Jerónimo.
—Sshh...
Escudriñaron de un lado para otro nerviosamente, entre follajes de cipreses como si algún ojo los estuviera espiándolos. Aunque eso no iba a ser cierto, solo que estaban imaginando cosas, porque hacía tiempo que ninguna persona se acercaba por temor a esfumarse como polvo. Y más luego, cuando estuvieron a punto de atravesar la puerta de hierro bajo ese letrero estaban más decididos que nunca.
—Estoy segura que allí nada malo hay—comentó Wawa para no dejarse abrumar por el miedo adelantándose.
El dragón se resistía pero obligaron. Tiraron para adelante.
—Lo sé, yo no la temo—respondió Jerónimo mientras dirigía los desconfiados ojos en la segunda puerta de ingreso al interior de la fortaleza. La gran puerta de madera semiabierta les permitió el libre ingreso ignorando a los cuervos que los miraban con ojos carroñeros.
Habían pensado también en una cueva que lo sirviera de refugio al dragón; pero eligieron como un lugar perfecto a una de las torres más altas de esta fortaleza. Esta ultima sí que la serviría apropiadamente para que se ocultara por largo tiempo hasta que tuviera la suficiente capacidad para poder irse volando. Quizás dentro de semanas o meses, aunque no podían saberlo exactamente qué día.
Una vez que pasaron a la penumbra, pasearon la vista furtivamente, para cerciorarse qué tenían que hacer.
—Todo está vacío, en ruinas—comentó Jerónimo apartando con un pie una cerámica fragmentada entre cráneos blancos de corderos. Casi todo el piso estaba cubierto por una gruesa capa de polvo.
—Hace mucho tiempo que fue abandonada—dijo Wawa cuando pasaban al interior atravesando otras puertas desquiciadas encontrándose en un espacio circular al parecer empedrado cubierta por unas malas hierbas.
Cuando alzaron la vista hacia arriba, ésta vez por el interior, comprobaron que la fortaleza exhibía a lo largo y ancho de las fachadas numerosas ventanas, muchas de ellas con puertas salidas de los goznes, balanceando al aire libre como si habría pasado una violenta huracán. Y entraron despacio, nerviosos sin pensar en nada siguieron al otro lado como patio donde había una ruidosa agua saltando varios metros arriba, alrededor formando charcas de aguas turbias flotando algas verdes llenas de ranas. La única cosa que les había llamado atención fue ésta fuente pero por cuestiones de tiempo rápidamente apartaron los ojos para volver a la sala circular y encontrar alguna escalera.
Y por donde iban pisando, parecía que las hiedras entretejidas les iba dejando el paso libre. Se retiraban a los rincones húmedos sin ruidos. Cucarachas y ratas hacían lo mismo, escapaban a toda velocidad o se quedaban espiándoles.
A un lado de la sala circular, hallaron unas despejadas gradas anchas que conducía directamente al piso superior. Y después de media hora, de subir peldaño a peldaño lograron situarse en una de las torres, exactamente donde estaba colgada la campana encantada.
Hasta allí llegaron jadeando Wawa y Jerónimo, también el dragón con los fauces abiertos.
Reconocieron haber oído siquiera una vez a la semana el tañer de la campana; la campana a menudo sonaba en las frías tardes neblinosas a la hora de tomar lonche, tocada por una mano invisible, y ahora estaba delante de ellos. No estaban equivocados, tenía que tratarse de un piso espacioso, eligieron ésta porque estaba seco, menos oscuro y libre de murciélagos.
En el campanario silbaba el frío viento por las ventanas, y sobre ese piso pulido polvoriento, colgaban desde el techo 4 pesadas campanas muy viejas y rajadas. Wawa y Jerónimo imaginaron en un momento, de que para mover el huevo de esas campanas tendría que ser un brazo musculoso de un hombre forzudo, pensaron esto y muchas más cosas rápidamente, echando la vista de rincón a rincón.
Allí abandonaron nerviosos. Se aseguraron de que estuviera mejor allí arriba. El dragón se echó en el suelo sobre su cola como si estuviera cansado. Echaron la vista por una de las ventanas, la tarde estaba a punto de entregarse a la noche, y las montañas estaban nuevamente doradas al bañarse con los últimos rayos del frío sol que se zambullía en el mar. Y, de retorno bajaron de prisa por las mismas gradas tropezando con ramas de hiedras que se habían extendido nuevamente por los peldaños, deteniéndose de vez cuando en los que creyeron que se trataba de nuevo piso, echando los ojos a oscuros pasadizos y corredores cortinados a medias con gruesas telarañas que chasqueaban. Y cuando estuvieron en el piso circular todavía quisieron echar la vista a la fuente de agua pero se les iba a ganar el tiempo. Así que salieron desesperadamente hacia fuera atravesando a grandes zancadas la sala en dirección hacia la puerta principal. Una vez fuera respiraron entrecortadamente aliviados, de que estaban a salvos; esas mismas aves oscuras empezaron a graznar bulliciosamente, volando sobre ellos como si les reclamara vuestra presencia. Pronto volvieron a atravesar la puerta grande de hierro enredándose con esas gruesas cortinas de telarañas pegajosas.
Y de allí se alejaron a toda prisa antes que la noche les caiga encima, mientras la tarde caía en la noche negramente, después fueron corriendo por toda la autopista en dirección hacia la aldea Waiambray sin que los hubiera visto alguien, por suerte.
Y durante la noche ambos pensaron qué ocurriría después. Por lo menos así se quedaron ambos niños en sus respectivos dormitorios entregados a un profundo sueño hasta el día siguiente.

lunes 14 de septiembre de 2009

La prohibiciòn en una asamblea

Pero sin embargo esto no duró tanto, como debieron haber pensado. Al siguiente día apareció subiendo por una de las ventanas de la torre unas gruesas volutas de humo azul, como resultado del incendio, algo que llamó la atención de los demás. Pues, inevitablemente el viejo armario de pino se había consumido en llamas. Pues, el debilitado dragón por alguna razón desconocida había echado un chorro de fuego. Muy pronto empezaron a merodear algunos curiosos (especialmente otros niños que andaban por allí en los alrededores cazando pajarillos), y lo descubrieron también los aldeanos.
A esa hora de la mañana alta, un grupo de personas irrumpieron la entrada despojándose de todo miedo que habían tenido hasta ese momento, armados con palos y piedras en cada mano, portando collares de ajos habiendo bebido litros de agua bendita. Como resultado encontraron al joven dragón en lo alto del campanario, refugiado en un rincón y los restos del armario viejo convertido en ceniza.
Aquella misma mañana del viernes, los padres de Jeronimo pasaron enojados con él, al enterarse lo que ocurría en el campanario de la fortaleza, de que su hijo era quien había puesto en la torre esa cosa horrorosa. Pues, hubieron testigos que delataron. A esta acusación se sumó de que habían violado la puerta de entrada a la Fortaleza Prohibida que no estaba permitida el ingreso a personas por varias razones impuestas por el concejo regional, lo cual era grave. De que él, y su supuesta amiguita habían traído de las montañas una cosa rara que no era una cabra ni una oveja, y llevado a la fortaleza para instalarlo allí como si fuera una preciosa criatura y la fortaleza una gran jaula.
El señor y la señora Garfield, estaban atemorizados, hablaron y lo reprendieron a jerónimo como en ninguna otra vez, “nunca más vuelvas hacer esas cosas...”, le advirtieron. Jerónimo recibida esta dura reprimenda a pesar de que sabía que sus padres lo querían, nada más agachó la cabeza, con los ojos clavados en el suelo. Y en seguida no sabiendo cómo justificar se marchó a dar una vuelta de paseo por ahí junto al río acompañado por su perro Terren, ya que nunca había sido llamado atención de esta manera, ni mucho menos así. Lo mismo sucedió con la foránea niña, el mismo grupo de esas personas que ingresaron a la fortaleza interrogaron hasta que pudieran hacer cantar toda la verdad. Entonces la niña, mejor dicho, Wawa que no tenía ni nombre y que se apodaba “Wawa Wiwa”, no supo cómo explicarlos.
Y lo peor los padres de Jerónimo, determinaron diciéndole: “Que si no vuelven a su lugar a esa cosa rara y monstruosa bestia, será mejor que nos olvidemos de esta aldea”. Porque sabían que el alcalde... mejor era que se olvidaran por una vez, de esa cosa. Porque sabían perfectamente que una cosa así, no se podía tener en una fortaleza que era sagrado, un monumento al pasado misterioso, ni mucho menos en una aldea tranquila con un alcalde que tenía mucho poder, y que no siempre estaba de acuerdo con ciertas cosas. Los dragones... serian lo peor para los aldeanos.
Ellos los prohibieron rotundamente a que Wawa y Jerónimo siguieran teniéndolo a esa extraña criatura; y como se esperaba el alcalde envió otra vez a su representante, un hombre mediano con un pergamino en una mano, quien llamó a una asamblea a todos los habitantes de la aldea en la plaza circular. El hombre salió para leer el comunicado ante una abarrotada gente donde advertía a la familia devolver a su respectivo lugar de procedencia al dragón; y que si no... (donde amenazaba, dentro de un plazo de 7 días, con mandarlo decapitar sin piedad sobre un altar de una gran piedra plana, como se hace un sacrificio a un dios), a lo mejor la mayoría de los aldeanos aprobaron que esta sería la mejor manera de devolución a las montañas que los rodeaba, ya que allí estuviera alguna fuerza oscura: lo cual no era cierto. ¡Estaban totalmente equivocados! o mal aconsejados por alguien como el alcalde. Lo que tenían allí ante sus ojos no era una cabra con alas, sino era un hermoso dragón con sus escamas metálicas, provisto de un par de cuernos, unas alas grandes como seda y una cola larga capaz de derribar a un hombre de un solo coletazo. Jeronimo y Wawa se daban cuenta perfectamente. Ellos se opusieron con firmeza para salvar la vida del dragón aunque no tanto expresamente.
Terminado la lectura el hombre mediano se disculpó con ojos compasivos, diciendo: “tienen 7 días, lo siento niños, es la advertencia de nuestro señor” y en seguida se agarró la cabeza entre sus dos manos dejando a la vista de todos una extraña puntiaguda oreja larga, como si se habría arrepentido de haberlos dicho estas palabras. Y con un golpe sordo aterrizó en el suelo a llorar gimoteando y le trajeron agua en un vaso para que se calmara.
Así que dicho esto Wawa y Jerónimos se vieron. Cuchichearon sin levantar mucha sospecha. Quedaron en que se encontrarían nuevamente a la media noche en la plaza sin despertar una sospecha de alguien. Creyeron de que después de este descubrimiento el dragón sería bajado de la alta torre de la fortaleza, y que no lo dejarían en paz o sería cortado la cabeza. Jerónimo y Wawa necesariamente tuvieran que volver en esa misma noche para verlo la forma en que buscarían un nuevo refugio, lejos de la aldea.
Así que esa noche prepararon un par de gruesos hisopos con calcetines viejos y se encaminaron para visitarlo a donde estaba el dragón. En el camino encendieron las antorchas, el paso entre la sala circular y la torre del campanario encontraron sin ningún impedimento. Y, cuando llegaron a la torre del campanario el dragón estaba con un grillete en una pata con una pesada cadena de hierro enganchada a una gran argolla metálica que sobresalía del muro. En donde había estado dormido roncando feliz, bajo inexplicables otras antorchas de centelleantes luces amarillas sin que molestaran los murciélagos.
—Wau, que sorpresa—musitó Jerónimo con los ojos muy abiertos.
—¿Pero... quien?
Wawa se quedó un segundo reflexionando.
—No puede ser esto...
—¿Quién lo puso esto? —dijo Jerónimo sin comprender casi al igual que la misma Wawa.
Dieron vueltas alrededor del dragón, con la idea vaga y los ojos recurriendo a lo largo y ancho de los muros macizos.
—Pensábamos llevar a otra parte—dijo Wawa resignada.
—No hay forma de... ¿sabes quien lo puso esto?
—No lo sé...
Una vez más intercambiaron las miradas.
—Pero sii esto es... —Jerónimo, tartamudeó como si quisiera saberlo el autor.
—Pero alguien tiene que decirnos algo...
Se quedaron ambos de pie en el centro del campanario frustrados sin saber qué hacer.

Al atardecer en la aldea

La aldea Waiambray estaba conformada de apenas varios cientos de casas con tejados de color rojo siempre saliéndolas humo de las chimeneas, sembradas sobre una llanura como setas extrañas, sumida en una tranquilidad que a la vez rodeaban el despejado amplio prado alegre y de forma perfectamente circular. Esta era la plaza de armas de la aldea, casi al igual que de las otras aldeas vecinas. Aquí se llevaban las asambleas.
Y aquella tarde, Wawa y Jerónimo fueron a la fortaleza sabiendo que el dragón continuaba allí, ya libre de cadenas un poco aburrido, clandestinamente, como si estuviera prisionero bajo la oscuridad cuando las antorchas se habían apagado; y decidieron sacarlo a pasear. Entonces, llevaron en esta tarde, por primera vez, a la aldea.
Una vez en Waiambray fueron hasta la plaza de armas, y allí abandonaron antes de ir a la sala de Pelotas como si habría llegado el momento de exhibirlo, a la vista de no más de unos cuantos pocos curiosos, como si necesitaran demostrarlos a todo el mundo de que era completamente inofensivo del que por cierto pensaban muchos de ellos, equivocadamente. Ataron con una cadena de hierro, allí mismo, a un viejo árbol muerto, y en seguida se dirigieron hacia la sala de pelotas con la esperanza de que encontrarían un nombre adecuado para bautizarlo al dragón.
Entraron al interior de la sala de Pelotas por delante de un mostrador, detrás estaba sentada una regordeta mujer con orejas puntiagudas y pagaron 2 monedas de plata para usar un ordenador con línea. Entonces un pequeño robot plateado de un salto se puso de pie y les guió al fondo. En el centro de la sala había una gran bola que parecía de cristal, girando que no se apoyaba en nada, por la forma que tenía se dieron cuenta que representaba a la tierra, y que no estaba sólida. Había muchas personas de todas edades, niños contemplando la bola gaseosa o jugando en pantallas donde estaban una larga fila de ordenadores divididas en cabinas, todas arrimadas a la pared de piedras sudorosas bajo cabezas clavas de gárgolas que los miraban fijamente. Esta vez prefirieron usar Google aunque sin resultados buenos.
Habrían casi olvidado todo, al observar a la tierra girando que describía casi todo, tal cual, el planeta. Se podía ver claramente los continentes, los oceanos... y Jerónimo punzado por la curiosidad metió el brazo con decisión a tal punto que alcanzó las frías aguas de la Antártida y atrapó un pequeño pez, pero en uno de esos el robot le apartó de un manotazo y el pez salió fuera del planeta gaseoso retorciéndose en el suelo. El robot cogió rápidamente como antes que expirara y lo arrojó devolviendo dentro de la bola.
—Es casi mágico, ¿verdad?
—Sí, —dijo lentamente Wawa, después corrigió—oh, mejor dicho es magia.
Luego se apartaron de allí, para ocupar una cabina.
Faltaba casi unos pocos minutos para que terminaran de buscar un nombre, cuando de la puerta, alguien les dio señas. Pero grande fue, que se llevaron la sorpresa, mientras volvían alertados.
Wawa se adelantó, corrió como un conejo hacia la plaza. Varios chiquillos lo habían rodeado al dragón. Uno de ellos, un muchacho que parecía el más alto de todos, tenía varias piedras en ambas manos sosteniendo, y algunos otros también cada uno, como si estuvieran jugando a la guerra: unas cerbatanas con dardos envenados apuntando; y los estuvo animando azuzándoles una niña, más o menos de la misma edad de Wawa, salvo que aquella tenía cabello oscuro. A juzgar por el aire relajado que ostentaba se podía uno sospechar que se estaba divirtiendo, diciéndoles a todos: “mátenlo es una bestia asquerosa”.
—Mátalo—todavía los decía entre risotadas pegando escupitajos como cuando una cosa es repugnante.
“Es un monstruo” les decía otro de los niños participantes con la rabia en los ojos.
—Apuesto a que yo lo doy con esta piedra—dijo el muchacho mayor, de cabellos rubios, como si le subiera por el cuerpo una ciega venganza, cuando precisamente en ese instante iba a lanzar otra piedra más en las costillas del dragón.
Y sus otros cómplices niños todavía aquí, allá andaban recogiendo y buscando más piedras o arrancando de los suelos las que encontraban.
El dragón estaba allí reducido al borde de la plaza, roto la cadena y arrimado a un rincón contra el tronco de del árbol muerto retorciéndose de dolor por cada impacto de piedras que recibía en uno de sus cuernos, mientras algunos de ellos estaban a punto de apedrearlo todavía más, lejos de cualquier piedad que pudieran tener.
Todos se quedaron quietos, con las piedras en las manos, como congelados cuando Wawa llegó al lugar (a donde estaba el dragón), a toda prisa, jadeando después de haber corrido toda una cuadra sin aliento. Era momento de defenderlo, como nunca.
—¡Déjenlo en paz!—gritó a toda voz, llenándosele los ojos de lágrimas.
Todo el mundo volvió los ojos hacía ella, especialmente el chico que lideraba la pandilla. El chico de cabello rubio, en verdad, nunca había visto una niña tan distinta a las demás por decirlo, bonita. Sus ojos, su nariz aún lo dejaron estupefacto. Ruborizándose ahí respiraba, nerviosamente con dificultad, como si acabara de sufrir un paro pulmonar a propósito. Aunque había oído algo de ella, no se lo había imaginado verla en persona en ese momento, vivía en otra aldea. Entonces una sola vez se lo pensó, que le agradaba, condenadamente. Y, éste al verla, en un tono teatral exclamó burlón, ya que pensó desesperado que esto sería lo adecuado:
—¡Oh, no sabía que los dragones tuvieran amigos! Sóoolo estábamos divirtiéndonos con dardos (todavía echó los ojos a las piedras que estaban entre sus manos, inevitablemente).
—¡Pues, mire, los dragones no son para divertirse!—repuso furibunda ella, rápidamente.
Y los otros niños estallaron en risa, y dijeron al unísono: “miren, ahí tenemos a la llorona y...sin sombra”.
Todos la rodearon a Wawa dejándola en el centro, sola. El dragón había quedado a espaldas del grueso corro.
Y la niña de cabellos oscuros salió dando un paso hacia delante pavoneando, como si quisiera protagonizar en medio de vitoreo, lo que más le gustaba:
—Oye tú, lamentablemente no estamos acostumbrados a monstruos en esta aldea, y no nos cae bien.
—Por eso venimos—dijo el chico de cabellos rubios, con voz que se le apagó.
Wawa nunca había experimentado una rabieta tan grande y punzante como atravesarla una estaca en su pecho, ni mucho menos como en esta vez, al ver al dragón lastimado, apedreado con crueldad y la piel alrededor de los ojos llena de dardos clavados, a la vez hacer esfuerzos por tener que dominarse para que las lágrimas no acabaran rodándolas por las mejillas y que se rieran de ella, todavía más.
Y como parecía que nadie se movería de allí se abalanzó contra ellos, aporreándoles para empujarlos fuera: uno a uno impulsada por esa rabia inextinguible casi sin darse cuenta de lo que hacía, gritándoles con una voz quebrada a la vez, y haciéndoles retroceder a todos:
—¡Fuera, fuera váyase, aléjense de aquí!
—¡Miren, a quien tenemos aquí, nos está echando de una plaza pública!—dijo el chico rubio escandalizado recobrando su voz artificial.
—No tiene derecho a hacerlo esto—comentó levantado los ojos a todos, la niña de cabello negro.
Sus cabellos, sus ojos y su nariz de Wawa todavía le dejó al chico como idiotizado. En algún momento se habría imaginado que fuera una de sus mejores amigas. Ruborizado sudando y avergonzado no sabía qué hacer.
Todos esquivaron los puñetazos menudos, hasta que Wawa dio al vacío, cayéndose al suelo. Allí se quedó sentada como si abría agotado toda su energía de pronto.
—Tampoco ustedes tuvieron a...—dijo Jerónimo abriéndose paso a empujones, tragándose la saliva y jadeando quien en ese momento acababa de llegar corriendo; y que luego, la ayudó a ponerse de pie a su amiga Wawa.
El chico de cabello rubio volvió los ojos atrás fugazmente sin remedio, para dirigirse a los demás, y todavía les preguntó a su grupo recuperándose sin perder el tono burlón, diciéndoles:
—No tenemos por qué retirarnos, ¿no es cierto muchachos?— y el resto de los niños aprobaron obedientes asintiendo las palabras del jefe con una sumisa reverencial: “sí” llevando la cabeza de arriba abajo.
—Es toda una verdad, no nos retiramos—agregó la niña de ojos negros reiterando despectivamente y el chico rubio de ojos rasgados la miró como si de pronto ésta se habría transformado en un gusano asqueroso.
—¡Tú cállate, Diosa!
—¡Tú también Choling!—le gritó a la vez, en el mismo tono la niña de nombre, Diosa.
Al verles amontonados que de allí nadie se movía, como si todavía no podía controlar sus impulsos, Wawa los miró para que nunca más volvieran a lastimar al dragón, y esperando que se retiraran de una vez. Y que dejaran libre al dragón. Como no se esperaba, ninguno estaba dispuesto poner pie fuera de la plaza, entonces les volvió gritarles en un tono enojado y dolido preguntándoles:
—¡¿A que se meten con un dragón cojo?!
El chico cuyo nombre era Choling, dijo ésta vez, medio arrepentido con su habitual voz artificial, como si intentara demostrar su honestidad o buscara una justificación al echo que había acometido. Y se confesó dolorosamente, diciéndola:
—Queremos que sean nuestros amigos...
—¿Por eso apedrean el dragón? —dijo Jeronimo desafiante, poniéndose por primera vez valiente.
“Pero no nos cae bien tu dragón”dijo otra voz anónima desde atrás reiterando, y soltaron otra risa más.
—Entonces no nos han debido de buscarnos—replicó Wawa, calmadamente.
Dicho esto se produjo una pausa grave hasta incómodo por durante unos cuantos minutos y se miraban unos al otro gravemente, como si nunca acabaran, solamente fue roto por alguien del grupo que era la misma niña llamada Diosa, diciéndoles antes de pegar una vuelta para marcharse con un gesto de desprecio, con los labios fruncidos:
—Entonces no vale tener por amigos a unos estúpidos.
Fríamente había dicho las palabras ofensivas. Wawa habría deseado no oírlas esas desagradables palabras pero resultaba ser tarde para corregirlas.
—Repítelo—dijo dando un paso hacia adelante—, y te habrás ganado una buena reprimenda de tus padres, cuando yo se lo diga.
Todos habían dado dos pasos hacia atrás automatizados, expectantes para dejar mucho espacio, viendo de que algo más iban a tener en esa radiante tarde, como para ver la pelea del año. Wawa se quedó quieta donde estuvo, al ver que Diosa venía hacia ella decidida a plantarla la cara. Ambas niñas se encontraron la cara peligrosamente a sólo a escasos centímetros. Wawa se sonrojó por tener que controlar sus impulsos, mientras Diosa tenía la cara ardiente sobre ella, con los ojos torvos, envenenados como de un cuervo. Ésta susurró acusadora como si se habría ganado ese pleito como premio con mucho gusto, diciéndola:
—¿Me vienes a poner la mano encima? Atrévete ahora...
—No, no vengo a pelear, vengo a decirles que no... al dragón que está... vengo a defenderlo.
Diosa se le acercó todavía más girando en torno a Wawa casi rozando con su nariz como si la estuviera oliendo para quitarle el aliento. La dio un empujón como para quitarla el sitio que ocupaba. Pero al segundo empujón Wawa esquivó hábilmente recuperando el sitio que acababa de dejar, Diosa.
Se quedaron mirándose por unos segundos así, separados más o menos de un metros de distancia. Pero Diosa se volvió hacia ella; y se quedaron por el resto de los segundos, nariz a nariz tamaño a tamaño como un par de fierecillas de pelea. Choling y sus amigos se quedaron fascinados, y se reían ocultamente. Tenían la seguridad de que si hubiese pelea, ganaría Diosa. Y, la volvió a susurrarla:
—¿Sabes quien soy?
Wawa, que no entendía cuál era su intención no se hizo más problemas, y la respondió en una voz firme, aunque cautamente, diciendo:
—No. A mi no me importa quien fueras... el dragón está... —Diosa alzó una mano en el aire para darla una olímpica bofetada a la volada, antes que Wawa terminara de decir de que el dragón estaba cojo y hambriento, pero esquivó a tiempo del golpe haciendo bailar su cabellera en el aire que brilló al sol como finos hilos de oro. Sucedió algo increíble. Wawa nunca se lo había imaginado de que esa niña, apenas un poco más de su tamaño, intentara agredirla de una manera tan horrible.
Los demás se doblaban de risa.
Antes que dijera algo más Wawa, antes que Jerónimo se abalanzara como un pequeño felino para derribarla con toda su fuerza para defenderla a su amiga, apareció un hombre detrás de ellos como si abría estado ocultándose en algún sitio, y avanzando hacia ellos se aclaró la garganta ruidosamente (a propósito). Era un hombre alto y calvo, con un cuello casi el doble de lo habitual, con una cara gorda con unos ojos neblinosos como dos huecos verdes. Diosa nada más sonrió malvadamente complacida, como si en esta vez habría triunfado ella sacándole una ventaja del hecho.
Una vez que el hombre extraño se acercó abriéndose paso la tomó de la mano, indicó con la cabeza a los otros niños como si habría llegado la hora de marcharse; era como si allí no pasara nada, ignorándoles la presencia de Jerónimo y Wawa. En efecto les comunicó a todos:
—Chicos, ya nos vamos, ya jugaron—había dicho el hombre pálido echándoles una fugaz mirada desdeñosa a ambos, como si apestaran en esa aldea; en cambio mientras los otros (como si esos niños), habrían estado divirtiéndose rematando a una insignificante rata indefensa; y Diosa se movió para unirse al hombre. Bajo el brazo de ese hombre, todavía abrió una sonrisa antes de alejarse. Dicho y echo se alejó junto a él unos cuantos pasos, pero de repente se dio vuelta trastabillando, fingiendo como si algo acababa de olvidarse.
Entonces nuevamente le puso la cara a Wawa, clavándola un par de ojos crueles en los de ella como infinitos agujeros negros y bajando la voz susurró una vez más, con su natural voz de cuervo:
—¿Sabes?, para tu información ahora soy la hija del alcalde; tengo un auto nuevo y te pierdes una amiga, tonta—diciendo esto sacó la lengua llena de papilas como fresas, de haberse comido toneladas de dulces de todo color, con una mueca desagradable y se alejó nuevamente detrás del hombre retozando con bailecitos zigzagueantes, de que al fin quedó satisfecha. Los otros también se movieron arrastrando los pies para seguirlos. Ambos continuaron en su camino, cruzaron directamente el prado circular seguidos por sus amigos. Al final se detuvieron junto al auto rojo descapotado que los esperaba. Discutieron unos cuantos minutos, entraron en el auto a codazos, y minutos después se pusieron en marcha lentamente en dirección hacia una calle entre una fila larga de casas, para salir de la aldea.
Jerónimo y Wawa se quedaron quietos en silencio intercambiando miradas desconcertantes. Para luego al cabo de unos segundos volver a decir como para proseguir volviendo a la realidad:
—¿En que estábamos?
—Qué nombre pondremos al dragón...
—Un, un nombre...
Se produjo un angustioso silencio.
—¡El dragón!... —susurró con un gemido casi aullando Wawa al darse cuenta.
Y de repente se lanzaron contra el dragón para quitarle los dardos clavado, lo más rápido posible que pudieran, y examinarlo que si no estuviera herido gravemente en alguna parte de su cuerpo. Pero menos mal no encontraron heridas graves, ni los ojos dañados aunque había recibido y soportado impactos de muchas piedras en múltiples partes de su cuerpo.

El diario de Gruby

Había transcurrido casi un mes desde que fue apedreado el dragón, por una parte se habían arrepentido de haberlo llevado al centro de la plaza de la aldea, aquella vez.
Se estaba casi acostumbrando en la torre del campanario. Últimamente la Fortaleza Prohibida había asustado a cuantos curiosos que habían aventurado para ver el dragón, porque una vieja araña del tamaño de un piano andaba por ahí, furiosa. Lo que sabían un secreto Jerónimo y Wawa nadie más conocía: si la araña les aparecía, nada más uno tenía que echarle un poco de perfume de jazmín. La araña en seguida desaparecía, desesperada por los pasadizos de la fortaleza.
Y después, Jerónimo y Wawa todavía continuaban sacando el dragón a pasear al estadio, que estaba cerca a la fortaleza. Además, el dragón ya podía andar firmemente sobre sus cuatro patas sin cojear. Uno para que tomara el sol a gusto, después para que aprendiera a volar; eso sí que siempre intentando mantener evitado las miradas indiscretas de los curiosos que los acosaban (especialmente de la pandilla de la hija del alcalde, y su amiguito apedreador), todo esto por lo menos hasta que se olvidaran o se acostumbraran si lo quisieran.
Ya que allí podían pasar juntos y jugar contentos, y el dragón poder extender y agitar las alas como una enorme ave. Generalmente el objeto favorito con que gustaba jugar el dragón era una gran bola de nieve o de piedra. Así se estaban divirtiendo mucho a solos como si Jerónimo y Wawa tuvieran una moscota grande y prohibida. Porque el estadio estaba rodeado de altos árboles entretejidos que los podía también ocultar.
Lo otro que era bueno, es que el alcalde parecía haber olvidado lo que el dragón habitaba en la Fortaleza Prohibida, o ¿sencillamente ya no le importaba?
Una vez, en una fría tarde, cuando eran más de medio día una delgada cortina de niebla rondaba el estadio y acabó cubriéndolo. Un duende que los estuvo siguiendo desde hacía un buen tiempo se les apareció sentado sobre una piedra, impresionándoles con un sonido como un chasquido de látigo; y cuando una vez lo vieron éste chupó la punta de una pipa tranquilamente y estirando un brazo les pidió la calma. Se trataba de un duende con aspecto de un anciano con un cuerpo muy pequeño, de cara colorada, una larga deforme nariz, barba y cejas pobladas de color plata, sobre unos ojos vivarachos.
—Hola, soy Gruby—les dijo, presentándose.
—¿Hola cómo está?—le respondieron retrocediendo.
Se dibujó una pausa, el duende empezó a expeler al aire curiosas formas de humo salidos de su boca y nariz, como si esto le divirtiera cada vez que fumara su acostumbrada pipa. Y les dijo:
—Yo, bien, muy feliz. Y ¿ustedes?
—Mejor—respondieron al unísono por no decir otra cosa. Ya que nunca habían visto alguno. El duende dejó de fumar y les estudió durante un par de segundos, como si no lograra entenderlos.
Y de pronto, torció los ojos a un lado, resoplando el aire, levantado el labio superior olisqueó como si estuviera notando la presencia de alguna cosa extraña. Meneó la cabeza contento, se atusó el bigote poblado como si necesitara de esto para decirlos algo.
—Ya sabía—dijo como si adivinara, al ver salir el dragón de en medio de la neblina.
Guardó cuidadosamente la pipa de cuerno en el fondo de uno de sus bolsillos. Y les reveló una idea, diciéndoles:
—¿Saben?, además los dragones se pueden montar.
—¿Que sí? ¿Cómo lo sabe?—dijo Wawa con una expresión interrogante, como si pronto abría despertado su interés.
Sin duda se sorprendieron al oír estas palabras del duende. Ya que nunca les habían ocurrido una semejante idea, como ésta. Habían intercambiado miradas de asombro con los ojos abiertos. Es que no sabían cómo uno puede montar dragón... Y antes que Wawa le preguntara el por qué, y el cómo se podía domar, el duende, dando otra pitada más, agregó:
—Todo el mundo lo sabe eso— dijo pausadamente quedando así complacido por haberlos alcanzado este sabio consejillo.
—Nunca lo hemos oído—aseguraron ambos a al mismo tiempo.
Guardaron un prolongado silencio, donde cada uno imaginaron la vida de los dragones descritas en las viejas leyendas. Y concentraron los ojos fijamente sobre el dragón que se movía en medio de neblina que los envolvía. El duende los miraba, de vez en cuando, con sus fríos ojos grises, como si detectara alguna profecía en ellos. Jerónimo y Wawa devolvían la miradas, también con los ojos fijamente sobre los del extraño personaje, como si a través de él viajaran a los tiempos remotos donde abundaban los dragones. Desde luego, ninguno estaba dispuesto a dar fin, mirándose así mudamente uno al otro permanecieron durante varios minutos más.
Suspiró como si el destino de los dragones siempre fueran tan tristes, crueles en su propia opinión, y dijo el duende:
—Siempre se ha domado uno y otro para derrocar enemigos, más que para hacer aventuras.
Wawa y Jerónimo no tuvieron respuesta apropiada para esto, solo intercambiaban miradas, echando los ojos al dragón que estaba con ellos, como impaciente sobre el césped.
El duende tenía un conocimiento bastante antiguo de la vida de los dragones. Y por segunda vez, de su bolsillo extrajo una cosa extraña, era un pequeño cuadernillo, sucio como si habría sido demasiadas veces usado.
—Es para ti—dijo entregándola a Wawa.
—¿Qué es?
—Mi diario—llevó los ojos al suelo. Y Wawa no sabía qué decir, si agradecer o rechazar el diario del duende, y más bien, en vez de esto tomó entre sus manos con curiosidad.
El duende súbitamente de un salto se puso de pié. Dirigió la vista sobre la fortaleza como si estuviera quemándose en ese momento. La neblina se estaba disipando. Lo siguieron también Jerónimo y Wawa para ver cómo las altas torres se redibujaban. Y segundos después, cuando Jerónimo y Wawa volvieron los ojos hacia el duende, este había desaparecido.
—Un diario—susurró Wawa.
—Guárdalo—dijo Jerónimo.
Jerónimo y Wawa se quedaron de pie preguntándose cosas, todavía pensando e imaginando en muchas historias sobre cómo sería eso, si es que fuera cierto. Porque nunca se ha hablado de los dragones en la aldea donde vivían. De que los dragones siempre se podían domarse como potros salvajes, sirvieron para derrocar reyes... todavía les parecía un poco absurdo y por una parte poco interesante. No, eso no podía ser posible, no podía caberlos en la cabeza. Aunque les cosquilleaba la idea de montar, aunque resultase difícil y no podían verlo como una opción, ni siquiera sentirían una afición. Pero al mismo tiempo parecían estar perdidos al pensar en esto, ya que no habían tenido alguna vez, el interés en averiguarlo. Ni siquiera usando algún buscador de cosas de información donde encontraran referencias o alguna historia sobre hazañas de dragones; sólo habían visto algunos videojuegos en las aburridas tardes basados en mitologías antiguas en la sala de Pelotas.
Aquella tarde volvían a la aldea de Waíambray intentando olvidar al duende, y todo lo que les había dicho como si no hubiera pasado nada. ¿Domar el dragón? Eso no podía ser cierto, estaría bien cuidarlo un tiempo más y seguramente solo se iría a su destino (como pensaban), a su propia casa a donde pertenecía de verdad. Así ellos estarían también libres de algún problema que los podría causarlos en la aldea.
Sí, así era mejor las cosas. Aunque la idea podría resultarlos demasiada tentadora. Bueno de todos modos, al principio una vez más intentaron olvidar al pensar así.
Pero no, no fue así, pronto pasados varios días acariciaron esta misma idea. Cuando llegó febrero todavía tenían esta idea en la cabeza dándoles vuelta; también intentaron leer algunas paginas del diario aunque sin éxito. Wawa de todos modos decidió conservarlo, para su propio uso ya que parecían estar todas las hojas en blanco.
Así que se dedicaron durante varias horas de la semana a intentar domarlo sin que nadie supiera de esto; adiestrar para que quizás un día pudieran ser (de verdad) jinetes del dragón, como existía en las leyendas, y en los videojuegos. O como habían oído decir al duende.
Tampoco nada fácil resultó domar a un dragón. El adiestramiento era algo así, trepaban hasta el lomo, como si tratase de un caballo en vez del dragón, y daban tres palmaditas indicando que caminara. El dragón andaba de aquí allá sobre el extenso estadio, obediente bajo órdenes de Wawa, como si fuese toda una mascota, a veces incluso se les veía alrededor del estadio cruzando riachuelos; andando así de aquí allá, en cualquier dirección.
Y, cuando una vez volvían a la aldea, tomaban café con leche con tostadas como lonche, y seguían frecuentando la sala de Pelotas donde utilizaban un ordenador para jugar o averiguar todo lo que pudieran necesitar saber a cerca de la historia de los dragones.
Los días siguientes continuaron frecuentando la práctica a pesar de todo con los mismo ánimos..., hasta que se les parecía dispuesto a elevarse. En realidad el dragón ahora era grande y fuerte, y había recuperado por completo también el poder del vuelo.

Volando sobre Kewña-wayko

Llegó el día en que Jeronimo y Wawa quisieron hacer la primera prueba. Y treparon hasta el lomo del dragón para sentarse allí arriba como imaginaron, pues esta vez, le habían colocado una rienda de cadena de hierro para sujetarlo si es que no iba en dirección indicada y una fingida silla de cuero curtido de toro enganchado con unas cuerdas a las escamas; y, en seguida emprendieron el viaje: por primera vez el dragón corrió unos 200 metros sobre el césped del estadio antes de elevarse sobre la Fortaleza Prohibida bajo un cielo plomizo y ascender en forma espiral. Al cabo de unos instantes, desde arriba avistaron alegremente las numerosas y raras torreones de la Fortaleza Prohibida, cubiertas por hierbas parásitas.
—Me parece una cosa muy grande la fortaleza—dijo Jerónimo, mientras alcanzaban el nivel de las montañas encrestadas silbándoles el viento a los oídos, más luego tocaron el cielo plomizo, divisando desde allí el lago oscuro, los bosques de pinos en las faldas.
—Me pregunto qué tan grande es vista desde aquí arriba—quiso saber Wawa.
Continuaban describiendo más círculos con los ojos bajos sobre la fortaleza. Parecía ésta más antigua de lo que pensaban, con su color gris oscuro.
—No podemos saberlo, además está oculta entre muchos árboles espinosos.
—Probablemente fue palacio real de algún rey que...
Ciertamente la fortaleza era tan grande que se encontraba entre el lago y el estadio, y a la vez, éstas estaban en medio de las 4 aldeas. Las aldeas estaban en direcciones precisas, dentro de los 4 puntos cardinales partiendo desde la Fortaleza prohibida en un radio de unos 50 kilómetros. Sin duda la aldea donde vivían Wawa y jerónimo estaba al sur, y era la que ahora avistaban al dar rumbo.
—¡Ahí está Waíambray! —gritó Jeronimo.
Acababan de ver la aldea por primera vez, desde arriba en toda su extensión con su plaza circular al centro. Las casas de la aldea ahora parecían diminutos juguetes reunidos al rededor de la plaza.
—Sí, desde aquí todo se ve mejor—respondió Wawa tratando de ver las otras aldeas.
Reconocieron todo, incluso la casa donde vivía Jerónimo, y cómo no también la casa de Wawa, a la orilla del río.
—¿A donde iremos?
—Vamos a dar una vuelta por allá—indicó Wawa girando y dando un tirón el hocico del dragón con la cadena de hierro.
Y se dirigieron rumbo al oeste, dejando atrás la Fortaleza Prohibida y quedó también igual Waíambray. Y en unos cuantos minutos más surcaban el cielo sobre otra aldea más, en donde descendieron describiendo amplios círculos, planeando a una altura de un kilómetro.
—Es la Pantirway—dijo Wawa.
Era casi tan igual a Waiambray con su plaza circular, y en seguida giraron el hocico del dragón hacia el norte. Después de un cuarto de hora estaban nuevamente sobre otra aldea.
—Ahí está Kíambray—señaló Jerónimo galopando sobre el dragón.
La tercera aldea ya no era parecida a las aldeas anteriores. Esta aldea a diferencia de las otras estaba a la orilla del mar con palmeras y playas alegres.
Después haber observado todo desde allí arriba por casi más de veinte minutos se dirigieron otra vez al oeste, y ahí de nuevo aparecía la última aldea. A diferencia de las otras anteriores esta estaba repleta de mucha gente. Entonces señaló Wawa con el índice del dedo:
—Ahí está Zamvorway—dijo inclinándose para apreciarla mejor.
—Dicen que aquí vive el Alcalde.
—Oh, el hombre que vimos en la plaza...¿verdad?
—Sí.
Wawa sintió que un escalofrío se le subía por la espalda, pero sin embargo descendieron para aparecer de repente por detrás de un pequeño cerro.
La aldea Zamvorway estaba llena de gente en los alrededores, con la diferencia de que algunas personas habían acampado en los alrededores en multicolores carpas sobre escasas hierbas amarillentas, al pie de los raquíticos eucaliptos bajo sus escasas sombras. Esto les hizo suponer que eran visitantes o excursionistas. Sin duda era la aldea más fea que habían visto hasta el momento. Su sombra del dragón era enorme cuando sorpresivamente salieron detrás del cerro y cruzaron sobre la plaza circular, esas personas a esa hora del medio día estaban celebrando un día especial, alguien se casaba, y estaba compartiendo ricos manjares con sus invitados.
—Mira las mesas repletas de tortas—dijo Jerónimo, relamiéndose la boca señalando hacia abajo con el dedo, desde allí arriba.
—También hay muchos niños allá abajo—contestó Wawa observando a un grupo de niños que se aglomeraban para pisar la sombra, y que los miraban desde allí abajo todos boquiabiertos, con los ojos muy abiertos como si eclipsara el sol con el cuerpo del dragón.
— ¿Tú crees que podemos bajar a comprar un platillo de mazamorra de moras?
Se opuso meneando la cabeza.
—No, será mejor que volvamos a nuestra aldea, tal vez nos metemos en problemas...—dijo Wawa deliberadamente.
—Quién sabe que también odian dragones, ¿no?
En un momento aquellas personas levantaron las caras para arriba, todos parecieron claramente serios; se habían sorprendido creyendo que se trataba de una invasión, incluyendo los personajes que parecían más importantes, un hombre y una mujer que estaban sentados a la cabeza de la larga mesa repleta de comidas. El hombre se puso de píe de un salto y se cubrió la cabeza con la capucha de la sotana oscura. Parecía decepcionarse.
. Pero ellos pasaron riendo como si nada, hablando en voz alta y gritando a todo pulmón para saludarlos agitando las manos a todos.
El personaje de sotana oscura todavía permanecía de pie como una estatua, al parecer completamente disgustado.
—Es el alcalde—susurró Wawa dándose cuenta muy tarde.
—¿Ahora qué hacemos?—preguntó Jerónimo.
—No sé—respondió Wawa, como preocupada.
—Creo que no le gustará a...
—Vamos, salgamos de aquí...
En seguida salieron rápidamente de allí. Pronto se encontraron atravesando el cielo de una de las aldeas, de vuelta.
De otra parte volvían contentos de haberlas visto las cuatro aldeas desde las heladas nubes; mirando desde allí arriba, por primera vez, hasta que más tarde estuvieron nuevamente sobre la aldea. Waiambray, una vez más les parecía tan fría, rodeada por altas y sombrías montañas vestidas de blanco.
— ¡Qué aventura!—dijo Jeronimo cuando una vez aterrizaron en la plaza circular.
—Es la primera—contestó Wawa echando los ojos a los curiosos niños simpatizantes que se habían reunido aplaudiendo con las manos cálidas. Quien sabe, estaban por ahí también la hija del alcalde y sus amiguitos. Era probable que estuvieran porque el auto de color rojo estaba otra vez aparcado a un lado del borde de la plaza.
Claro que no se equivocaron al reconocerlos a Diosa y Chuling con sus nuevos pantalones jeans y zapatillas, echados sobre el pasto acompañados con algunos otros niños más de su grupo, parecían completamente serios, todos con los labios fruncidos como notablemente disgustados.
Y el dragón una vez llegado al suelo de la estancia respiró jadeante, botó un poco de fuego azul por el hocico fruncido, y estiró las alas poderosas agitando antes de guardarlas para después descansar hasta la próxima nueva aventura cuando lo necesitaran.

Un error

No habían encontrado a la oveja descarriada. Buscaron por todas partes, unos daban pista de que algún lobo del bosque salió y la atrapó; otros nada más creyeron de que murió en alguna parte, caída en una zanja.
Y aquella tarde el dragón había desaparecido misteriosamente del campanario, dejando un hilo de sospecha a los aldeanos, y en realidad éste no había podido resistirlo las ansias de alimentarse hasta saciarse con ferocidad. Sin embargo en los últimos meses había experimentado una creciente hambre, y la carne de oveja era mejor que pudiera haber en este mundo: sabrosa, nutritiva, y era algo que venía desde su padre. Así que en aquella tarde mientras sobrevolaba la fortaleza, como un merodeador, de repente ladeó el vuelo precipitándose en picada dispuesto a atacarlo al rebaño, una vez elegida agarró una oveja, y se la llevó asida entre las garras volando por los aires hasta una isla de roca gigante en el mar; y allí, se la comió desollando.
Entonces sabidos de esto, un aldeano a quien pertenecía la oveja, se quejó ante el alcalde, y éste envió a un grupo de hombres para que lo trajeran vivo o muerto el dragón. El pastor de ovejas no paraba de exclamar como un pregonero por la plaza, calles de Waiambray: “ese dragón es un asesino”, “es un asesino, matémoslo acabará con nosotros...”, diciendo a todos cuanto encontraba en su camino de vuelta a casa, muchas veces.
Una hora después, un hombre de estatura mediana por las calles, casa por casa, repartió unos volantes impresos en papel (donde decía: “muerte al dragón”) de que el dragón era un asesino y por tanto debía morir decapitado.
Aquella tarde en medio de tanta niebla helada al entrar al interior del campanario de la fortaleza Prohibida, mientras se preparaba para dormir el dragón, fue dinamitado (a control remoto con poderosos explosivos) por unos cinco hombres. Y el nido de refugio del dragón fue destruida derrumbándose todo lo que había sobre él. Pero el astuto dragón al darse cuenta de que estallaba la dinamita salió a tiempo por una de las 4 ventanas de la torre, catapultado como una máquina poderosa, salvando así de morir. En seguida se había marchado de la fortaleza, muy lejos, como quien se va para nunca más volver a pisar el suelo no grato, con un paradero desconocido; notablemente disgustado para los habitantes de la aldea.
Al día siguiente, Wawa y Jerónimo encontraron regados por los suelos de la Fortaleza Prohibida unos volantes impresos, sobre el fondo de una fotografía en blanco y negro de un personaje, que decía: “viva el inventor de la dinamita”
Entonces Jerónimo y Wawa estaban atemorizados, así como desconcertados de que hayan actuado así...
Los únicos que parecían ser amigables en esa aldea para el dragón no sabían qué había sucedido. Si había escapado o muerto, sepultado dentro de la torre del campanario bajo montañas de escombros. Entre hondos suspiros lamentaron al imaginar que tal vez murió aplastado como una lagartija por aquellas enormes bloques de rocas, talladas de tamaños de auto ( o algo peor). A la entrada de la fortaleza, ambos niños guardaron varios minutos de silencio apoyados entre sí, con los ojos húmedos. Exactamente igual como cuando uno pierde una mascota. Sintieron por primera vez hondamente una pena que duraría los siguientes días, recordando todo.
—Nunca lo volveremos a tener uno igual—sollozaba Wawa limpiándose las lágrimas que la habían escapado.
—Tal vez—decía Jerónimo.
La siguiente semana, todavía no lo habían podido olvidar y sin poder explicarse. A partir de ese acontecimiento malo no podían evitarlo suspirar de vez en cuando, cada vez que lo recordaban al dirigir la vista al torreón del campanario de la Fortaleza Prohibida, semidestruida como si un gigante monstruo habría masticado y ahora era la tumba del dragón. Estaban seguros de que no olvidarían fácilmente, lo bueno que siempre era con ellos; cómo no recordarían que un día habían salvado de la muerte en el nevado, cuando encontraron averiado y cuidaron durante estos tiempos. Y con los años quizás se iría al olvido.
Dos semanas después, Jerónimo y Wawa recorrían en las afueras de la aldea, cerca a la Fortaleza Prohibida todavía buscando algún indicio. Aunque ya bastante resignados, de que el dragón estaba aplastado allí en el campanario bajo las ruinas, en su tumba descomponiéndose. Y por una parte todavía con aire incrédulos, llenos de amargura se preguntaban ¿Por qué ha tenido que haberlo actuado así el alcalde en contra de nosotros de esta manera?, era injusto ¿por qué no se podía perdonarlo por una oveja?
“Se tenía que perdonarlo por una oveja”, razonaban.
Finalmente, pensándolo bien era mejor que lo olvidaran pronto, para siempre, aunque les parecía imposible esto, porque por una parte en abril ya comenzaría la escuela, y en el fondo de vuestros corazones parecían oír una vocecita que les decía que nadie olvida para siempre así nomás, por eso todavía musitaban entre labios: “no lo olvidaremos”.

Mientras salìa el sol

La mañana se puso radiante mostrando toda su belleza natural y en cada casa las chimeneas despedían un rico olor a pollo a la brasa, papas fritas al aceite de moras. Y el cielo se hallaba impecable de un azul puro que se diría que se pintó para ese día, dando bien venido, y el dragón surgió en el horizonte como una diminuta cometa, hasta que varios minutos después se iba acercándose cada vez más grande, su sombra pasó sobre las casas. Era la hora de desayuno, el prado circular que era la plaza de armas se hallaba desierta de personas. Apenas una bandada de palomas caminaban buscando algún gusano madrugador en alguna parte por aquí por allá; pero en un momento repentino echaron a volar como pólvora, dispersados en diferentes direcciones, espantados más bien como por el ataque de alguna cosa rara y grande. El dragón se posó suavemente en el centro de la plaza, tan enorme como una maquina haciendo temblar el suelo con sus gruesas patas provistas de garras. Las desesperadas palomas se habían refugiado en cualquier parte, muchas de ellas en las casas creyendo que era una gigantesca águila cazadora. Todos los aldeanos que en ese momento picaban uno y otro la sabrosa carne blanca de pollo salieron de sus casas dejando a un lado los platos, disparados de un salto como corchos para averiguar qué ocurría fuera, sorprendidos a la vez por el golpe sordo contra el suelo seguidas con ráfagas del viento producido por el batir de las alas. ¿Acaso cayó del cielo un meteorito? Habían corrido también todos los niños tras los talones de sus padres. Una cosa así no siempre había ocurrido en una mañana como ésta, ni menos en Waíambray.
Wawa también corrió hasta la plaza entre mucha gente para encontrarse con Jerónimo.
Entonces una vez allí, hubo aplausos de algunas personas y otras apresuraron en conseguir una cámara para tomarse unas fotos junto al dragón. El dragón tan gallardo con aire superior acababa de plegar sus alas dando unos pasos de felino, de aquí allá, elegantemente. Pero el dragón no venía solo, un extraño bulto de fardo blanco algodonado estaba sobre su lomo como si estuviera atascado, de vez en cuando bambaleaba con cada movimiento del dragón. Estaba ligeramente inclinado hacia delante, bambaleando de un lado para otro sobre la piel áspera del dragón, parecía una cosa sin sentido. Pero, por la forma en que se le veía, uno podía pensar de que se trataba de una persona, y sin duda era así. Porque del bulto blanco se le salía un pie descalzo, que podría haberse tratado de una persona. Era como si habría estado atrapado por muchísimos años. Hubo quienes tomaron varías fotografías, exclamando qué cosa rara como ésa estaban viendo en medio de la plaza. El jinete blanco no emitía un solo sonido para que se pensara de que se trataba de una persona con vida. Congelaban las imágenes en diferentes posiciones, algunas personas, todavía diciendo que sin duda sería para una revista de monstruos. Otras simplemente sonreían junto al dragón y les cogía el flash.
Wawa y Jerónimo se encontraron al fin, en medio de tanta gente. Sonriendo como un par de pequeños curiosos pasearon entre las personas. Dieron vueltas, por ahí, a propósito y no pudieron ocultar sus grandes alegrías de volverlo a ver nuevamente después de muchas semanas de ausencia, y todavía les costaba simular, cuán orgullosos y contentos estaban ahora con la aparición del dragón, y no paraban de decirles a una y a otra persona todavía emocionados con una risita tonta: “ha vuelto ”. Mientras la pandilla de la hija del Alcalde, merodeaban como hienas hambrientas notablemente disgustados resoplando como chivatos agripados, bostezando fingidamente y escupiendo a cada rato en el suelo, como asqueados siempre dando vueltas por ahí, por detrás de los expectantes.
—Me pregunto quien es aquel—dijo Jerónimo refiriéndose al extraño fardo blanco lechoso que estaba sobre el lomo del dragón, y que sin duda se trataba de un jinete porque el pie colgando les tenía asegurados.
—Lo mismo digo yo—respondió Wawa sin poder explicarse también, quién sería y recordando las palabras del duende Gruby.
Para Wawa y Jerónimo, sin duda era una mañana diferente por primera vez, con muchos flash, y personas riendo o preguntándoles a menudo que, cómo se llamaba el dragón. Al cuál no sabían qué decirles ya que aún no habían encontrado un nombre apropiado para el dragón . Incluso había alguien por ahí quien les sometía como a un duro interrogatorio incómodo que les decía, como si por primera vez estuvieran realmente interesados: “cómo así encontraron el dragón en las montañas”, cuando en realidad las montañas simplemente eran un montón de rocas y mucha nieve y nada de seres extraños, ni siquiera se le podía ver siervos. Sin duda se trataba de algún periodista para alguna revista. En fin la gente podía decir lo que le parece, y lo que no comprendían era por qué no lo aceptaban como cualquier otro animal que podría ser, un caballo, un perro..., en la aldea. Más que eso, para ellos seguían siendo ser mitológico, faltaba que dijeran que Waiambray era una aldea que no existía también.
Todo ya era diferente desde entonces.

miércoles 9 de septiembre de 2009

La princesa

Ya eran casi medio día de aquel mismo viernes. Muchas personas habían suspendido sus quehaceres para deambular a propósito o tomarse unas fotos con el dragón. Hasta muchas mujeres del supermercado habían venido hasta la plaza para ver. Y, en cuanto al extraño bulto blanco que había traído el dragón sobre su lomo: lo habían bajado cuidadosamente al suelo, y quitado la envoltura de telaraña como si fuera un gran gusano en metamorfosis, resultó ser sin duda una cosa rara sin explicación para muchos. Habían logrado despedazarlo en tiras como tela utilizando una espada, hasta que descubrieron que en el interior escondía: un cuerpo tibio de una mujer con capucha rosado, y la dejaron sentada sobre una silla bajo una sombrilla en medio de aquel sol extremadamente abrasador; quien también se había convertido en el centro de atención de la gente. Así estaba al claro, de que el jinete misterioso había sido una mujer y a partir de ese momento se encontraba rodeada de muchos aldeanos que la tocaban con un dedo su capa rosado. Respiraba pero no se movía para nada, parecía profundamente dormida. Todavía no les cabía en la cabeza de cada persona, creer de que alguien estuviera dormida tanto así, ni mucho menos sobre un monstruo, como lo consideraban el dragón. Estar dormida sin siquiera moverse cuando una araña se le salía por una de las ventanas de la nariz y paseaba sobre su rostro, seguía sin explicación ante tantos curiosos. Tampoco podían saberlo de quién se trataba, aunque el duende la había revelado adelantando en la noche anterior a Wawa, anunciando de que el dragón estaba aún con vida y que acababa de rescatar de la muerte, a una tal princesa. ¿quién podía ser?
—Es increíble, de que... —balbuceó Wawa muy cerca de unas cuantas personas.
—Estuviera así... ya lo sabremos—respondió a Jerónimo.
Ahora que la habían quitado toda la telaraña con la espada, se podía apreciar a una mujer joven claramente, su rostro de color cobrizo, el cabello oscuro largo y rizado, como si esto ella misma nunca habría deseado. Era todavía bastante joven para ser alguien, si no estuviera muerta.
Más luego, como si tuviera mucha hambre y muerto de sed Jerónimo fue llamado por alguien; sí, había vuelto a casa para almorzar.

sábado 8 de agosto de 2009

Casa de los niños

Wawa volvió de la plaza a su habitación. Sobre el borde de la cama se sentó con los codos apoyados sobre las rodillas. Pensar que el dragón también había vuelto a la aldea Waiambray, pero no siempre podía ser bienvenido para todos los aldeanos. Por ejemplo, el alcalde (al que lo decían ganso por su largo cuello) misteriosamente aparecía allí en momentos menos pensados, podía mandarlo matar en cualquier momento, una vez enterado de esto.
Estaba abrumada al pensar en esto, y sentía un poco de temor. A esto venía un sentimiento que había estado empozándose dentro de su pequeño corazón, como si la estuviera inundando por dentro; recordó una vez más, de que no sabía con certeza quienes eran sus padres; tampoco sabía realmente su propio nombre; nunca alguien siquiera la habían mencionado por su propio nombre. Estaba al igual que el mismo dragón sin un nombre. Aunque el segundo sabía cómo se había accidentado y perdido a su madre para aparecer en una hondonada de la fría montaña nevada; Wawa todavía no se explicaba de dónde era y quienes eran sus padres... Alguien la había puesto un apodo muy horrible. La llamaban: “Wawa Wiwa” unas veces en un tono de burla, otras de compasión cada vez que cruzaban las personas en su camino, por la plaza o calles. Porque alguna vez, en la aldea existió una casa de orfandad llamada “Wawa Wasi” o sea casa de los niños abandonados. Ella fue acogida en esta casa, después escapó para pedir limosnas en las aldeas.
Si un día estuviera en problemas, no tendría dónde irse, ni alguien que la protegiese hasta que estuviera mayor de edad. Hoy sólo tenía 9 años.
Y si estuvo en Waiambray era porque una mujer de nombre Efifanía la había criado junto a una odiosa gata peluda; la contaba historias que francamente Wawa consideraba chifladas, que ella había rescatado de una enorme serpiente constrictora en el bosque. Sencillamente no la creía en esta dudosa historia, salvo que existiera alguna fotografía que revelaran...
La señora Efifanía había fallecido hacía un año nada menos que a los 120 años y todavía la recordaba claramente como una mujer muy vieja, callada resoplando cada mañana al lado de la cocina mientras preparaba el desayuno, quien además la protegió hasta entonces a Wawa Wiwa. No la maltrataba, tampoco la quería demasiado, sino ella pasaba mayor tiempo fuera vendiendo toda clase de repollos en el mercado, sin faltar todos los días.
Y cuando Wawa insistía con alguna pregunta para despejar sus dudas, simplemente la decía:
“ya te dije mi niña, no sé de tu madre yo solo te recogí, por eso te cuido, y esa gata es tu madre y la casa es tuya”.
Todavía palabras como éstas, resonaban en sus oídos y las ponía dudas, que las parecían además una ofensa y burla; pero no sabía porqué.
Por otra parte, estas mismas palabras la despertaban una serie de preguntas: ¿Cómo ella apenas teniendo unos pocos años podría ser nieta de una mujer tan antigua? ¿Cómo es que sea posible que puede ser su madre una vieja peluda gata?
Si intentaba insistir a la señora Efifania con la misma pregunta empezaba a sufrir alteraciones emocionales y le nacían más bigotes en su cara del que ya las tenía suficientes.
Habían vivido juntas en una casa (¡precisamente donde estaba ahora sentada sobre el borde de la cama!) que era revestida con pura madera de pinos que a diferencia de otras, ésta se encontraba cerca al río. La señora Efifanía siempre estuvo en el primer piso desde que recordaba Wawa, donde estaba su dormitorio a un lado de la sala y en el otro la cocina, para levantarse a preparar el desayuno; mientras el segundo piso separado por una ancha escalera blanca medio caracol estaba separada para Wawa Wiwa. El espacio que ocupaba Wawa allí arriba no era gran cosa, ni habían muchas cosas, pero era cómodo; sino apenas una pequeña habitación espaciosa de paredes pintadas de color blanco plateado provista de un par de ventanas: una hacia el río con la vista privilegiada a las numerosas cascadas, y por la otra se podía ver la plaza de armas.
La mesita chata de la noche estaba junto a su cama, y a sus pies a la pared un armario grande demasiado antigua con un espejo rectangular, para que pudiera contemplarse cuando quisiera.

martes 28 de julio de 2009

Un momento de recuerdo

Era aquel día, hasta que la señora Efifania había dejado de vivir, sin avisarla nada. Las únicas palabras que habían podido captar los oídos de Wawa, en el último momento fueron: “cuida la gata..., es tu madre...” Y después, como había dicho: toda la casa era de ella; y más la gata vieja. En cuanto la gata todo el tiempo permanecía dormida sobre su cama como si estuviera profundamente deprimida. “Las mascotas que podrían estar muy cerca de las personas podrían ser peligrosas para la salud, muchas veces” era su opinión de ella. Claro que no odiaba a la gata sino simplemente no la quería tenerla tan cerca como dejar que durmiera sobre su cama, y se deslizara debajo de las sábanas cuando una vez ella cerraba los ojos. Aborrecía esto muchas veces, despertaba con la gata dormida sobre su cuello; su comportamiento de la gata era como si estuviera desesperada por recibir afecto de ella, y ella la quería estrangularla, se juraba envenenarla (aunque no iba a poder eso), pero siempre estaba apegada a ella hasta que se cansó de botarla y golpearla, casi romperlas las costillas todas las mañanas al despertar.
Pero en una noche común, mientras una tormenta golpeaba el cristal de las ventanas, la gata estaba durmiendo enroscada plácidamente como de costumbre esperando hasta que se quedara dormida Wawa, y, deslizarse otra vez debajo de las suaves sábanas; pero, de repente la gata abrió los ojos como dos faroles, agitó la cola y empezó maullar enloquecidamente como si una persona invisible quisiera matarla ahí mismo: y como una sombra borrosa salió en menos de medio segundo por la ventana hacia la oscura noche. La gata jamás volvió, ni ella se preguntó a donde había ido, aunque en el fondo eso deseaba ella, porque estaba harta de tenerla.
Y tiempo después, Wawa todavía mantenía olvidada aquella gata que en una noche escapó sin dejar rastro, así ella quedó en paz, a pesar que por ahí en los campos podría estar, tal vez cazando ratas en las alcantarillas como hacen cuando escapan.
Y otra cosa, Wawa alguna vez pensó en irse en busca de otra ciudad, había algo de Cusco, soñaba que la adoptara alguna familia aunque sea sin dinero, porque deseaba tener una mamá, papá y hermanitos. No soportaría las acusaciones de alguien en la aldea por los problemas causados por el dragón (que un día hallaron en la montaña con Jerónimo). Ella parecía ser de ninguna parte, y su mejor amigo en esta aldea era Jerónimo, aunque esto la proporcionaba una alegría consoladora; y al parecer últimamente había descubierto de que, quien más la destetaba en la aldea era Diosa, la hija del alcalde, aunque ella no pertenecía a Waíambray, pero siempre aparecía a menudo bien acompañada en su auto nuevo.
Wawa se tumbó para atrás con la cabeza entre sus manos, todavía centrado el pensamiento en muchas cosas. Después en un momento echó los ojos sobre el sitio donde acostumbraba enroscarse la aborrecida gata peluda, como si realmente estuviera en ese momento allí, pero hizo una rápida memoria de que ya no estaba con ella, desde hacía mucho tiempo.
Ahora debía preguntarse qué harían con el dragón, aunque éste ya no era cojo ni débil, sino hasta había corrido su propia aventura, después de escapar de la muerte.
Había permanecido así por más de una hora, sobre la cama, luego con los ojos clavados en el techo volvió dilucidar. No era nada, sólo estaba recordando cosas. Se levantó de un salto al ver una diminuta araña que bajaba del techo, abrió la ventana, los gritos, las risas y las voces de la gente se oían desde la plaza, y esto la sacó de sus imaginaciones.
Y, cuando finalmente se decidió bajar de su dormitorio se calzó las zapatillas blancas, y bajó con pisadas tambaleantes por las escaleras, hasta que se encontró en la sala del piso de abajo. Al acercarse a la mesa se sirvió un vaso de agua mineral, bebió despacio con delicadeza para olvidar, luego se dirigió atravesando el jardín con pasos regulares en dirección hacía la plaza, como para disfrutar del sol. Allí se encontraba el dragón, tan reluciente bajo el mismo sol, demostrando los extraños colores cambiantes en cada placa metálica de su cuerpo, que eran sus propias escamas, todavía fotografiado por algunos curiosos que quedaban a pesar de haber pasado ya unos 5 horas desde su retorno.

lunes 20 de julio de 2009

La plaza de armas






Cuando llegó a la plaza circular se quedó a espaldas de nuevos curiosos que habían rodeado el dragón, como si de tan pronto habría adquirido mucha fama.
Echó los ojos por primera vez girando sobre su talón, encontrando a su entorno las numerosas casas macizas, sembradas alrededor de la plaza: surcadas por numerosas anchas calles empedradas que se perdían. La tenía atrapada la pregunta porqué ella vivía en una aldea como ésta. La dolía la cabeza al pensar como si estuviera haciendo mucho trabajo, y se dejó caer sobre una silla vacía que alguien había dejado. Ella a veces sospechaba de que no pertenecía a esta aldea. Pero si alguna vez pensara renunciarla, sin duda la costaría olvidarla, la dolería en el alma: una aldea donde había conocido a Jerónimo; y el dragón que estaba ante sus ojos. Decir que había vuelto después de una aventura, trayendo a un extraña mujer, después de haber desaparecido en una tarde, como aquella vez. Lo cierto es que, Wawa Wiwa aunque seguía allí atravesada la cabeza de pensamientos como este, la tarde estaba intensamente soleada, y se la secaba la garganta.
Y, todavía recordaba también las palabras del duende, de que el dragón había rescatado del peligro a una princesa, que en su propia opinión no podía ser más que otra: que la que todavía continuaba dormida delante de sus narices. Aunque de esto nadie más sabía que ella.
Jerónimo llegó con dos copos de chocolate helado como la nieve, sosteniendo en ambas manos.
—Es para ti—dijo a tiempo, luego, dando un lengüetazo que se le derretía, agregó—finalmente yo y mi familia hemos decidido que te vengas a vivir con nosotros a nuestra casa, hasta que por lo menos, comience la temporada de la escuela. Llevaremos también a tu gata dormilona.
—Gracias. Te dije que la gata pulgosa desapareció hace mucho—agradeciendo le recordó Wawa.
En seguida Jerónimo y Wawa lamieron sus helados de nieve contentos casi olvidándose de todo.
—¿Sigue dormida esa mujer?
—Sí, continua así—respondió Wawa preguntándose, cómo se llamaría.
La mujer se hallaba dormida profundamente, sin siquiera moverse; sin que se diera cuenta que, dónde estaba, bajo esa sombrilla multicolor que alguien había plantado para que estuviera fresca hasta que decidieran qué podían hacer con ella. Y su cabellera oscura la cubría la cara todavía sin revelar el color sus ojos. Y, un viejo aldeano daba vueltas por allí con los brazos cruzados a la espalda, como estudiándola profundamente, negando con la cabeza, y su mejor opinión era:
—Seguramente fue picada por esa araña—señaló con el índice y se precipitó—, quitémosla tan pronto... y después de 30 días despertará...
Era una araña diminuta que estaba saliendo de una de las ventanas de su nariz, y retirándola la aplastó con la planta del zapato, la araña había intentado escapar a todo correr haciendo bailotear al viejo aldeano.


***

viernes 26 de junio de 2009

virundo