
Alsira era una dragona, que vivía muy solitaria, volando por todo el mundo. Hasta que conoció a otro dragón que era muy hermoso, venido desde Rumania, de quien se enamoró tan pronto como conoció. Ella se casó con él. Y, pronto pensaron en tener un hijo.
Entonces, una vez, recién casados buscaron dónde vivir. Pero no tardaron en encontrar una gran cueva: profunda y húmeda, con paredes goteantes cerca a una catarata muy alta, rodeada por unos cuantos milenarios árboles. La dragona Alsira fue allí a vivir con su flamante esposo. Con el tiempo formaron una bonita familia; y, es allí donde por primera vez, la señora dragona Alsira alumbró un huevo de color azul como el acero; su esposo en seguida construyó un gran horno utilizando enormes piedras lúcidas traídas desde el río, y dentro, colocó el huevo con mucho cuidado, no porque se rompiera fácilmente, sino para que naciera fuerte como él. Allí el señor dragón Gorker durante los siguientes 6 meses fundía (el huevo) manteniendo la temperatura al rojo vivo, como lo hacen con un trozo de metal los herreros. Soplaba y soplaba fuego todos los días a la misma hora. Y después, como resultado nació un pequeño dragón muy feo; pero por cierto, como un hermoso y robusto bebé dragón.
En una mañana, muy radiante, al cabo del primer mes del nacimiento de su hijo el papá dragón salió en busca de alimento más nutritivo, como es, la carne de oveja; pero (como nadie esperaba...) nunca más volvió a la cueva. Desapareció para siempre, dejando su familia. Desde entonces no hubo ninguna noticia de él. “En alguna parte del territorio debe de estar, explorando o cazando...” pensaba la señora dragona, esperanzada en volver a verlo aparecer, tan pronto sea posible a su amado esposo. Pero mucho tiempo después sólo recibió malas noticias, de que su esposo fue muerto en Rumania por robar una oveja por unos aventureros caballeros armados con lanzas y flechas.
Desde entonces la señora dragona quedó muy triste, viuda y asolada: cuidando al pequeño dragón que tenía. Solamente tenía ojo para el pequeño dragón. Alimentando con lo que podía ( pescados o frutas), también su mayor preocupación de la señora dragona, era algo más: entrenarle al pequeño dragón para la vida; y le inculcaba constantemente las buenas reglas para vivir una vida mejor en armonía con los demás. Entonces para ella —ya resignada madre—, no había otra cosa mejor en este mundo, que ver crecer, a su pequeño dragón.
Mientras tanto, el pequeño dragón se fue haciendo grande, cada vez más. Hasta que una vez, alcanzó sus alas el tamaño adecuado para el vuelo.
Alsira, la señora dragona, para ella no había un solo día que pasara tan esperanzada, pensando en su único hijo. A pesar de todo, veía su existencia de una manera muy diferente. Pensando que un día ayudaría con la comida. Se imaginaba a su único hijo volver a la cueva trayendo abundante pescado o frutas del bosque para llenar la dispensa. Así se la pasaba mucho tiempo.
Pero, al llegar al noveno año, las cosas habían cambiado: el pequeño dragón había crecido, y la señora dragona estaba agotada y empezó a pensar en una sola idea que estuvo acariciando desde hacía algunos años atrás. Y un día sábado, muy temprano antes que el sol asomara por detrás de unas montañas imponentes del territorio, le despertó al joven dragón.
—Qué tan difícil es esta vida—dijo ella suspirando, sentada ante la cueva.
El joven dragón miró durante un instante a su madre.
—¿Porqué suspiras, mamá?—peguntó casi de inmediato, sorprendido.
Entonces la señora dragona Alsira guardó un breve silencio, posando la vista sobre su regazo, y luego de un momento al volver alzar los ojos chispeantes, dijo:
—Hijo mío, hoy me siento un poco triste, cansada y vieja.
—¡Caramba!, mamá, nunca digas eso, te harás más vieja y si así lo piensas.
El joven dragón hubiera deseado no haberla respondido precisamente con estas mismas palabras, y con brusquedad. Pues, no sabía si estaba bromeando o lo estaba diciendo en serio, hasta que al observar sus ojos notó en ella algo, en su rostro se había dibujado una tristeza.
—Algo se acerca a mi...
—¿Qué es mamá? —preguntó el hijo dragón sin entender nada.
—No lo sé.
Y al final de un largo silencio la señora dragón agregó con el mismo tono de su voz, diciendo:
—También te enseñaré a volar—el pequeño dragón dejó de escapar un sonido raro, sobresaltándose de sorpresa, como si su madre le abría volcado bruscamente sobre su cabeza un cubo de agua helada. ¿Volar? No estaba dentro de sus preferencias. La expresión de su rostro normal se había transformado casi en un pánico opacando su mirada radiante.
—¡Mamá eso es impos...!
Un silencioso quietud se produjo nuevamente entre la señora dragona y el joven dragón, que parecía el comienzo de una eternidad. Durante este intervalo de tiempo, la señora Alsira leyó la mente de su hijo; al comprender, al mismo tiempo casi negando con la cabeza.
—Ya lo sé, todo es posible en esta vida...
Mientras hablaban así, el sol estaba a punto de salir. Se proyectaban sus primeros rayos sobre el despejado cielo azul; las montañas empezaban a pintarse de color dorado. Y allí, en la puerta de la cueva madre e hijo estaban sentados, juntos, esperando ser bañados también de color oro por el sol de la mañana; y, tenían las miradas fijas por encima del inmenso bosque oscuro.
Donatillo, que era el nombre del joven dragón, ahora no sabía qué decir, estaba mudo. Casi mudo de verdad sin saber qué hacer. Hasta que pudo decir después de un rato precipitadamente, lo que estuvo pensando:
—Mamá, todavía soy bebé—se defendió.
—Ya tienes 10 años.
Casi de inmediato respondió
—Sí, pero no podré volar.
—Sí, lo sé. Y comprendo hijo; pero uno nunca sabe qué va a pasar mañana, deseo que aprendas a volar—tenía ella en ese momento una mirada decisiva, pero también denotaba una tristeza nostálgica en su voz.
Sin embargo todavía no cabía esta idea en la cabeza del joven dragón.
—Todavía no puedo volar—volvió a decir, moviéndose de un lado a otro con cierto aire de preocupación y de enojo, como si estuviera impaciente.
La señora dragona, una vez más, acercándose a su pequeño le miró a los ojos con ternura, le estiró una ala para abrazarlo. Y no comprendía porqué. Esta mañana había amanecido diferente, al que lo era siempre. Por primera vez sintió que, desde el fondo de su corazón empezaba a manar un presentimiento extraño, y a la vez de pronto, asomaron gruesas lágrimas a sus ojos. No sabía qué la estaba pasando. Había empezado así a llorar súbitamente en silencio ( ¿o, quizás por emoción?), al recordar a aquel pequeño dragón en un tiempo atrás, apenas parecía como un paraguas arrugado; y ahora estaba tan apuesto y crecido, aunque no diera cuenta de ello. Y a esto se le sumaron también la muerte del señor Gorker. Nunca antes había pasado por un momento como este, tanto así apenada, cuando una mañana tan radiante florecía en el patio de la cueva; pero en esta vez, le había embargado ese sentimiento de madre. Además ella, no podía creerlo: su sueño de mucho tiempo se estaba cumpliendo, ver a su único hijo, ponerse fuerte y parecerse a su padre. Ahora dos grandes gotas de lágrimas rodaron dolorosamente por sus mejillas escamosas mientras empezaba a sollozar ahogadamente, encogida, oprimiéndose con una mano el débil pecho. Y, ciertamente deseaba que su pequeño dragón pensara ya, pronto, en aprender a volar para conocer el mundo. Así como muchos otros nuevos territorios vecinos. Era su mayor anhelo inalcanzable, hasta entonces.
Entonces, hasta ese día, el joven dragón pasaba en el interior de la cueva, en el nido, durmiendo, comiendo y jugando con una bola de piedra; cuando se aburría salía a la puerta de la cueva, y contemplaba caer las estridentes aguas de la catarata (¡ni chapotearse en sus aguas quisiera!). Se ponía feliz, viendo volar las águilas, o silbaba burlonamente al ver pasar otros dragones viajeros, por allí cerca. Todavía sin imaginarse un día: ¡fuera del nido! Mientras tanto, esto empezaba a causar una preocupación en su madre. Pensaba que su único hijo se estaba quedando gordo, con las alas llenas de grasa como un pollo y sin aprender a volar a diferencia de otros jóvenes dragones de su misma edad.
Había pasado más de un cuarto de hora, la señora Alsira acababa de secarse las lágrimas de sus mejillas con un paño de piel de cordero. Había recuperado su semblante anterior risueña, serena y dulce. En un momento seguramente debió pensar, que no eran tiempos de llorar. Cuando su hijo Donatillo estaba ahí, junto a ella como un mejor regalo de la vida.
—Pero hijo, veo que ya estas grande, es tiempo de que estires las alas y seas como tu padre que un día hayas viajado por todo el mundo. Tu padre fue un gran viajero; pero también tenía una debilidad por la carne de oveja; amaba el país donde nació, toda la vida vivía pensando en Rumania, hasta que encontró la muerte. A veces pienso que no se debe uno correr demasiado mucho riesgo, pero él entregó su vida a la muerte.
—Ya lo sé mamá, me has contado esa historia desde que tengo 2 años y hace un año, tantas veces—dijo chillando el joven dragón como solía.
La señora dragona pareció darse cuenta de que era así.
—¿Lo recuerdas verdad?
—Como si fuera ayer—contestó Donatillo con toda seguridad.
El joven dragón pensaba en silencio: que si un día volara sería demasiado esforzado y peligroso. Pensaba que batir las alas para estar surcando infinidad de cielos por horas y horas, era cosa de estúpidos. Según que se iba dándose cuenta de todas las cosas, este mundo era de los peores; o también puede resultar de los mejores. Quería tener su propio concepto a cerca de estas mismas cosas.
Mientras tanto, por su lado, en un instante la señora dragón Alsira parecía aún mantener en el recuerdo muchos acontecimientos pasados a lo largo de su existencia. Y la voz de la catarata se oía como una melodía lejana de una canción tocado por las manos mágicas del viento. Luego, el joven dragón que ostentaba hasta ese momento un aire de alguien despreocupado, todavía no había perdido la costumbre de hacer preguntas si algo le urgía, y esta vez, quería saber lo que dudaba.
—Mamá, este lugar es nuestro ¿verdad?—dijo, el Donatillo girando la cabeza hacia el mar de árboles—. Yo quisiera quedarme a vivir aquí... toda la vida.
—Sí; lo sé. Yo nací, crecí aquí; tú también y eso nunca lo olvides, hijo—respondió la señora Alsira pausadamente también apreciando todo lo que alcanzaba ver con sus propios ojos: el bosque tranquilo, el río cantor…que estaban delante de sus narices—. Pero una cosa, hay muchas otras tierras más, allá. Pronto conocerás, te darás cuenta por primera vez, de más cosas. Porque el mundo es mucho más grande que de lo que ves o imaginas. Así aprenderás mejor por ti mismo, quiero que aprendas a pescar y recolectar frutas para nuestra dispensa.
—Pero, pero...mamá...
—Esta bien, ese “pero” es... momento de trabajar.
El joven dragón no se explicaba porqué su madre quería que aprendiera a volar tan pronto con insistencia. Más cómodo se sentía en la cueva jugando, durmiendo y comiendo todo lo que podía a manos llenas. Las cosas no podían estar mejor que vivir de esta manera, sin que hubieran problemas. Sin duda así debía ser.
Después de esto, estuvieron en silencio en un nuevo otro largo momento más, sin dirigirse siquiera la mirada, con los ojos fijos en el vacío, observaron lo que volaban algunos pájaros jugueteando, de modo que el sol también iniciaba su larga marcha; y finalmente, de pronto dijo el joven dragón aceptando las palabras de su madre, como si habría demorado tanto tiempo en decidirlo:
—Esta bien mamá, pronto me enseñarás también a volar
La dragona lo miró a su vástago, en silencio con ternura, aprobándole. Una vez más estaba orgullosa de su joven hijo dragón. El rostro del Donatillo se iluminó, alegremente.
—Será entonces mi primer vuelo ¿verdad?
—Sí, Donatillo será tu primer vuelo.
La mamá dragona había mirado esta vez, mostrando su radiante sonrisa, de alegría. Y luego, volviendo los ojos hacia el mar de árboles le aconsejó sabiamente, diciendo:
—Recuerda, que nadie en este mundo nació sabiendo, todo se aprende en el camino, yo misma sufrí mucho para poder aprender a volar y lo logré. El instinto no es todo. Ahora te toca hacer. El mundo no termina donde ves aquellas montañas nevadas, sino detrás hay muchas cosas, ciudades, otros nuevos bosques, otras cataratas y ríos… incluso aún mejores, quisiera que tú mismo lo descubras, ya de una vez, pronto...
Por primera vez, el joven dragón acababa de reflexionar, y luego de un largo momento de silencio agradeció:
—Gracias, mamá, por haberme dado esta vida, y criado....
—De hoy para adelante será otro día para ti—dijo la señora dragón Alsira uniendo su cabeza a la del joven Donatillo, y terminando la conversación.
El sol empezaba a calentar dando su marcha decidida a la media mañana.
—Mamá espero tener un bonito sueño, esta noche— dijo entonces alegremente silbando como nunca una vieja melodía épica de grandes conquistas, ya con la idea de que, sí volará pronto.
—Donatillo, no te olvides de desayunar—le recordó por ultima vez su madre antes de irse al bosque a recolectar comida para la dispensa, y todavía le recordó—, ¡límpiate la nariz, hijo!
La señora Dragona Alsira se lanzó a volar; se alejó planeando ampliamente sobre el bosque hasta que cinco minutos después se perdió de vista, confundida en el brumoso horizonte, y Donatillo se quedó en casa, una vez más solo, bailoteando para aquí allá alegremente.
Después de esto, el dragón Donatillo pasó casi toda la mañana, en la puerta de la cueva, sentado escupiendo pepitas de uvas, contemplando como nunca había hecho los picos nevados de las altas montañas y el bosque que les separaba del resto del mundo; pensando que algún día como en esa mañana dejaría atrás esas montañas. Y el resto del día pasó inquieto entrando y saliendo de la cueva como un león enjaulado; agitando y estirando por primera vez afanosamente las alas para que también se echarse a volar.










































